75 años del agua que cambió León: Barrios de Luna revive el primer desembalse que transformó el campo leonés
A las cinco de la tarde del 31 de julio de 1951 comenzó a correr un agua que llevaba años esperándose. Cuando las compuertas del recién construido embalse de Barrios de Luna se abrieron por primera vez, el caudal descendió por los ríos Luna y Órbigo para alimentar unas tierras que hasta entonces dependían de la incertidumbre de la lluvia y de los estiajes. Aquella imagen marcó un antes y un después para miles de agricultores leoneses y cambió el futuro económico de buena parte de la provincia.
Setenta y cinco años después, el Sindicato Central del Embalse de Los Barrios de Luna quiere recordar aquel momento con una jornada conmemorativa que reunirá a regantes, representantes institucionales y vecinos junto a la presa para rendir homenaje a una infraestructura que ha sostenido la agricultura de regadío durante tres cuartos de siglo. El acto central volverá a celebrarse exactamente a las 17.00 horas del viernes, cuando se abrirán simbólicamente las compuertas para recrear aquel histórico primer desembalse.
La conmemoración comenzará a las 13.30 horas con la recepción de los asistentes. A las 14.00 horas intervendrán las autoridades invitadas y, posteriormente, se celebrará una comida de hermandad al aire libre en la zona del colchón del embalse. Tras la apertura simbólica de las compuertas, la jornada concluirá con la actuación del grupo de música tradicional Plaza Mayor. El Sindicato Central ha confirmado además la asistencia de representantes de administraciones locales, provinciales, autonómicas y nacionales, junto a numerosos regantes de toda la zona dependiente del embalse.
Una obra que transformó el campo leonés
La historia del embalse comenzó mucho antes de que el agua llegara a los cultivos. El proyecto fue redactado en 1935 por el ingeniero Luis de Llanos y Silvela, aunque el estallido de la Guerra Civil paralizó completamente la iniciativa. Las obras no arrancarían hasta 1945 y se prolongarían durante más de una década, aunque la presa comenzó a prestar servicio ya en 1951, antes de su finalización oficial en 1956.
Su objetivo era mucho más amplio que almacenar agua. La infraestructura nació para garantizar el abastecimiento de los regadíos tradicionales de las vegas del Luna y del Órbigo, impulsar nuevos cultivos en el Páramo leonés, suministrar agua a poblaciones e industrias, favorecer la producción hidroeléctrica y regular el caudal de los ríos durante todo el año.
Aquella transformación, sin embargo, tuvo un enorme coste humano. Como recuerda el propio Sindicato Central, “el bien de unos causó el sacrificio de otros”. Dieciséis pueblos de la montaña leonesa fueron condenados a desaparecer bajo las aguas del embalse en nombre del progreso de la época. Se estima que alrededor de 1.100 personas tuvieron que abandonar sus hogares en un proceso marcado por el desarraigo y por unas indemnizaciones que muchos consideraron insuficientes. Algunas familias se establecieron en localidades cercanas que lograron salvarse de la inundación, otras se repartieron por distintos puntos de la provincia y no fueron pocas las que emigraron a otras regiones de España o incluso a América.
Los pueblos que quedaron total o parcialmente sumergidos fueron Arévalo, Campo de Luna, La Canela, Casasola, Cosera, Lagüelles, Láncara de Luna, Miñera, Mirantes de Luna, El Molinón, Oblanca, San Pedro de Luna, Santa Eulalia de las Manzanas, Trabanco, Truva y Ventas de Mayo. Aún hoy, cuando las sequías hacen descender de forma extraordinaria el nivel del embalse, vuelven a asomar restos de viviendas, calles y muros, un paisaje que recuerda que bajo el agua hubo durante siglos pueblos llenos de vida, historia y memoria.
La tarde en que llegó el agua
El primer llenado comenzó el 15 de junio de 1951 con el cierre de las compuertas. Apenas un mes y medio después, el 31 de julio, a las cinco de la tarde, llegó el instante más esperado: el agua empezó a descender río abajo hacia las comunidades de regantes. Aquel verano el embalse almacenó cerca de 15 hectómetros cúbicos, a los que se sumó el caudal natural del río, suficiente para abastecer los cultivos tradicionales existentes en aquel momento.
Las crónicas conservadas por el Sindicato describen una escena difícil de olvidar. Vecinos y agricultores se agolpaban en las orillas del Luna y del Órbigo esperando ver llegar el agua a sus tomas de riego. Para muchos era el final de generaciones enteras pendientes del cielo y del esfuerzo físico para sacar agua mediante norias, pozos excavados a mano o sistemas tradicionales de riego.
El entonces presidente del Sindicato Central, Ángel del Riego, recordaría medio siglo después a aquellos hombres y mujeres “hechos de una madera especial”, capaces de abrir pozos a pico y pala, construir regueros por hacendera y organizarse colectivamente para aprovechar cada gota de agua. Su trabajo, afirmó durante el cincuentenario, fue el que hizo posible que aquella jornada de 1951 cambiara definitivamente el campo leonés.
Mucho más que una comunidad de regantes
Paralelamente a la construcción de la presa nació el Sindicato Central, constituido por orden de la Dirección General de Obras Hidráulicas para coordinar el reparto del agua entre todos los usuarios. Hoy agrupa a 52 comunidades de regantes, que suman más de 52.500 hectáreas de cultivo, además de usuarios industriales y los abastecimientos de León, La Bañeza y la Mancomunidad del Órbigo.
Durante estas siete décadas y media, la entidad ha coordinado las campañas de riego junto a la Confederación Hidrográfica del Duero, ha impulsado la modernización de las infraestructuras, ha promovido formación para agricultores y ha defendido los intereses del regadío leonés en un contexto de cambios legislativos, sequías y nuevas exigencias ambientales.
El aniversario de este viernes pretende precisamente recordar ese legado. No solo el de una gran obra hidráulica que permitió el desarrollo del regadío en amplias comarcas leonesas, sino también el sacrificio de las familias que perdieron sus pueblos para hacer posible esa transformación. Setenta y cinco años después, las compuertas volverán a abrirse durante unos minutos, esta vez como homenaje a una historia que sigue fluyendo por los canales del Luna, el Órbigo y el Páramo, sin olvidar que bajo las aguas del embalse permanece también una parte de la memoria de la montaña leonesa.