El fin del verano

Cuando el verano termina todos empezamos una libreta en blanco, un camino por recorrer que llenamos de nuevos planes y recurrentes expectativas de futuro. De niños esos cuadernos sin escribir eran literales, estrenábamos material escolar y empezábamos el colegio con esa ilusión imbatible que adorna a esa edad en la que los sueños no están tan gastados. Acudíamos al encuentro de los compañeros de pupitre con la mochila llena de todas esas aventuras estivales que compartíamos con exagerada fabulación, convirtiendo cada pequeña historia en otro capítulo del cuento que llegará a contar nuestra vida. De adultos, en cambio, volvemos a engancharnos con domesticada actitud al engranaje que une nuestras prosaicas costumbres otoñales, a esa agenda que une los días uno a otro con aburrida perseverancia. Al cabo de unas semanas ya apenas nos acordamos de aquellos otros días estivales que agitaron nuestro espíritu, que conformaron ese patio de recreo anual en el que nos permitimos romper por un breve espacio de tiempo todas las reglas que gobiernan nuestro mundo.

En el pueblo el final del verano se siente de una forma más esencial, la vida pasa más lentamente ante nuestros ojos y ese repentino silencio que invade casas y plazas cae sobre los días marcando el cambio de estación con rotunda precisión. En el pueblo estamos más cerca del mundo que nos rodea, sumergidos dentro de un paisaje que vemos cambiar del verde al amarillo como quien ver caer las hojas de un árbol. Tenemos todo el tiempo del mundo para ser incluso capaces de detenernos sobre cada una de esas hojas que se despiden de su rama como extrañas mariposas de vuelo atolondrado, agitadas por el viento hasta detenerse sobre la tierra ya húmeda del otoño. En nuestros paseos por la montaña observamos cada mañana como esa lenta mutación que crece minúscula y perseverante sobre la piel del paisaje se adapta a los nuevos rigores del frío. Y vemos como la luz del sol se va encogiendo poco a poco bajo unos anocheceres que cada día que pasa se van adelantando de forma casi imperceptible hasta hacerse dueños de las tardes cuando llega el invierno. 

Los días de verano abandonan un residuo de alegrías y jaleo, de amigos y besos tiernos, de comidas que se alargan hasta la noche y de paisanos esbozando una expresión de melancolía casi perfecta sobre sus cincelados rostros. El feliz alboroto de los días de calor deja tras de sí casas deshabitadas y un eco de risas que resonará de cuando en cuando en ese sur de la memoria donde se ha instalado para siempre este otro verano que acabamos de despedir.