Una izquierda cocinada en el microondas

Una jornada de caminata me abrió la sed. Hora del aperitivo, y frente a mí, un bar como oasis en el que divisaba el espejismo de la caña de cerveza fría y reparadora. Allá que entré movido por una hipnosis. En solo unos segundos, ante mí, el vaso de la ambrosía amarilla y espumosa.

Pocas cosas tan gratificantes como ese primer trago de cerveza que apaga la sed. Cumplida la liturgia, mirada obligada a la pizarra de tapas. En ella, la leyenda 'plato del día', sin especificar. La curiosidad me pudo. Pregunté al camarero cuál era la creación del cocinero. Me contestó que lentejas, una legumbre que nunca dejas porque siempre la quieres. 

A la conversación se unió el cocinero. Un joven, pero experimentado en fogones de alcurnia, y ahora en rumbo emprendedor a las glorias de los buenos chefs. Me explicó la receta de sus lentejas. Como las de cualquier abuela o madre, un toque personal secreto y el ingrediente básico: fuego lento y cariño. Me ofreció una cata de ese plato que no dudé en aceptar. En efecto, una delicia, en la que entendí que el misterio estaba, más que en la materia prima, en el ritmo temporal de las pausas.

La historia, real, sirve de introducción fabuladora a la noticia de que en las próximas elecciones andaluzas, la izquierda a la izquierda del PSOE, ha encontrado el camino de una coalición que no disperse el voto de sus electores en la nada, como en los recientes comicios de Extremadura, Aragón y Castilla y León.

El instinto periodístico me dice que esto no va de lentejas a la lumbre baja y tranquila de la cocina de madre. Más bien me sugiere una especie de insulso plato preparado, uno de esos yatekomos recalentado de urgencia en el horno microondas. Es la deglución sin más, ahuyentado el placer del paladeo.

Esa izquierda hace tiempo abandonó la buena materia prima de sus guisos; la tuvo, incluso en las recetas, a veces difíciles de digerir, de la gastronomía antisistema, pero se ha perdido en disquisiciones absurdas sobre las salsas, olvidando la frescura genuina de un buen pescado o la jugosidad y entreverado de una carne roja que entraba por los ojos. Ha obviado el fondo para sumergirse en cocimientos y freidurías que no hacen la boca agua.

¿Dónde está el programa de esta izquierda? 

Esta izquierda está desnortada si piensa que con voluntarismos como esta mercromina que se aplica para la cita del próximo 17 de mayo, va a conseguir algo. La herida es lo bastante profunda como para requerir cirugía de preoperatorio y posoperatorio. Eso exige, antes, vaciar la nevera de alimentos caducados, y después, el genuino examen de conciencia de localizar con tino y tranquilidad, una esperanza que ofrezca futuro a las capas sociales más castigadas por la brecha creciente de la desigualdad económica y social. Es el cocinado a base de tiempo y cariño. Certificados los resultados habrá egocentrismos, si se gana, y reproches de toda gama, si no se alcanzan objetivos. Con ese punto de partida... ¿Lo dudan?

Los primeros pasos en aras a ese objetivo metido en agua o aceite sin alcanzar la temperatura idónea, han tenido sus visionados en la impostura de algunos líderes de empezar la degustación por el postre. El debate nació con el cambio de cromos de los liderazgos, de las caras achicharradas de una izquierda que ha disipado en tres legislaturas un arcón de votos que llegó incluso a poner en aprietos la hegemonía del PSOE en este costado. El guiso pegado va a la basura, no se pone en el plato. 

¿Dónde está el programa de esta izquierda? No les enseña el recetario sencillo, pero contundente, de un gran chef como Julio Anguita y la fresca macedonia de una sola fruta: programa, programa, programa. Un liderazgo de garantías por coherencia ejecutiva y grandeza de retirada en la vuelta a su papel de docente de instituto, sin esperar ni desear más gabelas de las podredumbres políticas.

¿Una izquierda que ha dimitido del sindicalismo como fuerza de choque de sus reivindicaciones... en qué ha quedado? Organizaciones vaciadas de contenido desde la orilla amiga dejando en la indefensión a su base electoral de trabajadores, la olvidada o mal interpretada, hasta por ellos, pata social de la economía.      

En el olvido también han quedado los prestigios morales de Nicolás Redondo y Marcelino Camacho, acusados durante su gestión de correas de transmisión de los partidos de su militancia, pero que practicaron la resistencia activa a los desmanes de la naciente izquierda caviar.

Esta izquierda no irá a ningún sitio si no recupera, actualizado, el mensaje de aquella huelga general ciudadana del 14 de diciembre de 1988, en la que hasta los pájaros dejaron de volar, contra la prostitución y corrupción de otra izquierda burocratizada de poder. Fue un auténtico desafío ético. Pretendió cambios de actitud y no derribar un gobierno. Por eso fue cívica. 

El punto de mira de esta izquierda fija el objetivo estratégico en la extrema derecha. Por favor, cocinen con amor y a la lumbre, para ustedes. Practiquen la originalidad. Comulguen con el progresismo auténtico de reelaborar su menú genuino, de los que hay magníficas recetas. No se dan cuenta de que cada vez que se obsesionan contra la caverna, un montón de votos va a parar a sus alforjas.