Un barco frágil de papel

Había una vez un argentino nacido en La Pampa cuya vida fue tocada por la varita mágica del genio musical y la alta sensibilidad del poeta; al parecer, un hombre común y corriente, si no hubiera sido por la forma en que llegó a fascinar a más de una generación con sus canciones. Posiblemente muchos de los jóvencísimos amantes del reguetón, el hip-hop, la música electrónica, etcétera, no conozcan –y ni siquiera hayan oído hablar– de Alberto Cortez, aun cuando sus abuelas –y quizá algún genitor nostálgico de su siempre bien amada adolescencia– de vez en cuando suspire en casa mientras escucha una balada de ‘la voz de la amistad’, sobrenombre con el que, a principios de los años setenta, Carlos Camacho (presidente de la entonces discográfica española Hispavox en México) editara los álbumes del exitoso cantante.

Se dice que el impacto ocasionado por la canción Cuando un amigo se va (escrita por Cortez al morir su padre) fue aquella que llevó a Camacho a usar el mencionado apelativo como eslogan publicitario en la portada de los discos y en los carteles del aclamado cancionista. Recordamos, sin embargo, otra composición del músico argentino, en la que la esencia de la amistad queda excelentemente definida: A mis amigos, melodía lanzada por Cortez en 1975 como parte del disco homónimo, en cuya primera estrofa se expresa la esencia de este ‘afecto puro y desinteresado’: A mis amigos les adeudo la ternura / Y las palabras de aliento y el abrazo / El compartir con todos ellos la factura / Que nos presenta la vida, paso a paso.

¿Cómo definir la amistad?

Un barco frágil de papel / Parece a veces la amistad / Pero jamás puede con él / La más violenta tempestad: el retornelo de A mis amigos hace alusión a ‘las tempestades’ que la amistad enfrenta en su travesía por el océno de las relaciones humanas. ¿Y es que, a pesar de los variopintos contratiempos ocasionales, quién no ha tenido –al menos– un aliado a quien confesarle los pecados y las penas y con quien compartir los mejores y los peores momentos de una etapa de la vida (o de toda ella)?

De acuerdo con el Diccionario de la Real Academia Española, ‘amistad’ es un ‘afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato’. Una vez aceptada esta explicación, la experiencia nos lleva a describir este apego entre dos o más personas como sentimiento en el que prima una relación de cooperación emocional y –más importante aún– un vínculo estable, permanente, persistente ‘en las buenas y en las malas’. Y para afinar más aún el concepto, citamos la primera estrofa del poema XLIV de los Versos sencillos de José Martí: Tiene el leopardo un abrigo / En su monte seco y pardo / Yo tengo más que el leopardo / Porque tengo un buen amigo

Por supuesto, ‘no es oro todo lo que reluce’.

Y es que, en ocasiones, el nexo inexpugnable que representa la amistad viene conquistado por el enfado, el resentimiento, la rivalidad y la animadversión, sentimientos que terminan rompiendo la armonía y –por ende– la fraternal alianza. Entonces, ‘el barco frágil de papel’ se hunde en las profundidades del mar (o del mal, si cambiamos la última consonante de la palabra) y todo termina.

Hay casos, sin embargo, en los que la amistad supera, ya no solo las rivalidades y controversias que puedan surgir, sino las adversidades del tiempo y la distancia. Me refiero a esos amigos que no renuncian a darnos su afecto (a veces, sin respuesta recíproca inmediata) y que, al pasar de los años, siguen a nuestro lado como el primer día, dispuestos a escucharnos y decididos a implicarse en nuestras peores circunstancias cueste lo que cueste. Esos amigos son pocos y apenas los contamos con los dedos de una mano. Pero son los verdaderos.

¿Amistades ‘en contrapartida’ o con expectativas?… ¡Uy, qué miedo!

Tener ‘un millón de amigos’ no es siempre garantía de poder contar con el afecto más genuino por parte de aquel –o aquella– a quien suponemos ‘camarada incondicional’. Adrián Triglia, Bertrand Regader y Jonathan García-Allen, autores de Psicológicamente hablando: un recorrido por las maravillas de la mente (Paidós, 2016) comentan en Psicología y Mente (portal digital de divulgación sobre psicología, neurociencias y salud mental) las características de los ‘falsos amigos’. Se refieren, por ejemplo, a aquellos que pretenden entablar una amistad íntima en poco tiempo o a quienes están a nuestro lado solo en los buenos momentos o a los que destacan solo nuestros defectos sin mencionar virtudes, llegando, incluso, a hablar mal a nuestras espaldas. 

Por lo general, la manipulación suele ser la clave de acción de los ‘falsos amigos’, sobre todo de aquellos que manifiestan aprecio cuando –en realidad– se acercan a nuestras vidas para buscar algún beneficio a cambio, por ejemplo, la compañía que necesitan para llenar sus correspondientes vacíos emocionales. De esta forma, podemos llegar a convertirnos en ‘animales de compañía’ de un presunto buen amigo, siempre bajo la espada de Damocles de ser abandonados, en el momento menos esperado, por ‘nuestro dueño’. Aun así, continuamos creyendo que contamos con un camarada intachable del que –por nuestro bien– no deberíamos prescindir. ¿Acaso no es esta una adicción igual que otra cualquiera?

Asimismo, en determinadas circunstancias, nos dejamos ‘arrastrar’ por algún denominador común afectivo y nos unimos a alguien solo porque ha vivido –o vive– experiencias similares a las nuestras (por lo general, negativas): la pérdida de un ser querido, el rechazo por parte de alguien, el estar transitando por un mal período económico u otra razón relacionada con ‘lo infeliz que soy’ y con el sentimiento victimista que acompaña ‘al desdichado’. Pero como bien dice el refrán popular, ‘quien no buscó amigos en la alegría, en la desgracia no los pida’. Porque en casos como estos, tarde o temprano, la supuesta amistad deviene foco de conflictos y termina por regresar a su condición de partida: el desinterés real por la otra persona seguido del inevitable distanciamiento o ruptura.