El pueblo de Villabalter ama el teatro, la UPL de San Andrés odia la cultura y los discrimina

Villabalter, que tiene nombre de arcilla noble, de sol de mediodía y de memoria limpia, sabe perfectamente lo que es la farándula. Lo sabe porque la lleva metida en la piel, en los adoquines y en ese polvo lejano del camino por donde antes pasaban los cómicos de la legua con sus baúles desvencijados y sus versos al aire (como bien nos contó en su día Fernando Fernán Gómez en su inolvidable novela El viaje a ninguna parte).

La SETIC –la Semana de Teatro Intergeneracional en la Calle– no la inventó un despacho con moqueta ni la parió una burocracia municipal de expediente gris y corbata torcida. La SETIC nació donde tienen que nacer las cosas sagradas por verdaderas: del pueblo, por el pueblo y en la mismísima calle. Por eso es el teatro en su estado más puro y salvaje, ese que hunde sus raíces en la Comedia del Arte y en los viejos Autosacramentales de cuando la dramaturgia no era un capricho de salón para diletantes, sino un milagro al aire libre donde la carne, la máscara, el dolor y la risa se daban la mano a la vista de todos y así, sin más tramoya que la noche, ni más cielo que el de la plaza…

La SETIC, como Joan Baez con su silueta de india que acaricia el crepúsculo, es teatro folk. Y lo es bajo un cielo, el de Villabalter, en el cual se puede leer el número y el nombre de todas sus estrellas, como dice Pablo Neruda en su poema.

Por eso ahí lleva el Grupo Balterius más de dos décadas alentando y regalando su festival de teatro de calle. Más de veinte años de heroísmo cotidiano, amasando cultura con las manos desnudas, levantando bastidores donde solo había silencio y enseñando a todo un pueblo a mirarse en el espejo real y noble del escenario. Balterius ha gestionado, implementado y animado esta fiesta de la palabra representada con la fe ciega de los artesanos y la pasión lírica de los poetas...

Dos décadas picando piedra escénica para que la cultura no fuera un lujo de capital, sino el pan diario de las aceras holladas de Villabalter.

Pero hay políticos que confunden el Templo de Dioniso con un chiringuito de fiesta electoral y la catarsis trágica con la resaca, esto es, políticos que creen que cultura es una feria de la cerveza, y confunden a María Zambrano con Yola Berrocal.

De hecho es muy español y mucho español esto de que siempre llegue el político de turno, el concejal de brocha gorda y seso entrecallao en cerveza de feria en jarras de plástico, y confunda la cultura con el entretenimiento y con la juerga que pa juerga sí hay dinero público pero pa cultura no alcanza y viva la ignorancia. Duele en verdad comprobar que para esta estirpe de administradores de la nada, la poesía molesta, la comedia asusta y el teatro popular tan heredero de La Barraca de Federico García Lorca estorba…

Acostumbrados al consumo rápido y a la espuma efímera, no entienden que el teatro de calle es la dignidad de un pueblo que se junta a pensar, a sentir y a celebrar la vida de la tierra, pues, sépanlo ya, la palabra cultura viene de cultivar y hay que cultivar la tierra y a la gente para que seamos algo más que adobes cerveceros.

No es de recibo. No se puede permitir que venga cualquier advenedizo de la gestión municipal, cualquier filisteo con aspiraciones de botellón oficial, a cargarse de un plumazo veintitantos añazos de arte, de sudor vecinal y de historia viva. ¡Viva la SETIC, rediosla!

Villabalter ama el teatro porque el teatro le devuelve la voz, el verso y la memoria. Si a sus políticos les queda grande la belleza, que se beban su cerveza en pajar privado y dimitan con el rabo entre las piernas de lo público…

Ea, que dejen en paz la calle, que es donde el pueblo –y solo el pueblo– sigue siendo el dueño de la función…

Chis pum.