Pongamos que hablo de León

En León, como en aquella canción de Sabina que evoca el título de esta columna, también se cruzan los caminos. La vasta provincia leonesa se empieza a concebir como gallega al oeste y desde los verdes montes del Bierzo, comparte con Asturias una gran veta de negro carbón que ha vinculado hombres y vidas bajo las imponentes montañas del norte, se abandona hacia el este para encontrarse con Castilla y la Tierra de Campos, y hacia el sur se estira la antigua y reivindicada región leonesa que incluye en su territorio las provincias de Zamora y Salamanca. Todos los paisajes del mundo, bellas catedrales y monumentos que hablan de un glorioso pasado, infinitos ríos y una misma identidad compartida que ahora languidece en un limbo histórico y legal. 

¿Y la capital de este reino sin rey, de esta tierra fagocitada por las erráticas decisiones de unos cuantos políticos que decidieron cerrar el mapa de las autonomías con ignorante urgencia? En los años 30 del pasado siglo León tenía cerca de 30.000 habitantes. El desarrollo que había experimentado la minería del carbón había transformado a nuestra ciudad en una de las más dinámicas del norte de España. Después de que a principios de siglo un enorme impulso urbanístico hubiera dado como resultado el Ensanche, la ciudad de León continuaba sumando nuevos y bulliciosos barrios obreros que surgían alrededor del Casco Antiguo y del propio Ensanche, donde se asentaba la burguesía. Era una pequeña y vibrante capital de provincias que seguiría creciendo en las décadas posteriores hasta alcanzar los 120.000 habitantes. En los años 60 y 70 León viviría su mayor auge económico, convirtiéndose en una ciudad pujante que miraba al futuro con optimismo. Luego, ya saben, las cosas no nos irían tan bien, y todavía intentamos recuperar el orgullo perdido por no haber conseguido tener una autonomía propia siendo uno de los reinos más antiguos de Europa y vernos abocados a vivir bajo el paraguas de dos centralismos, o por languidecer desde entonces entre quejas estériles que no conllevan a ninguna acción eficaz para intentar recuperar aquel privilegiado estatus económico y social que vivió la ciudad en su pasado más reciente. 

Los leoneses mientras tanto seguimos a lo nuestro, viviendo para adentro y sacando pecho de alguna que otra pequeña alegría. Somos algo engreídos e introvertidos, enseguida nos dejamos conquistar por esa íntima tozudez que nos impide expresar nuestros sentimientos o pensamientos con facilidad. Somos parcos en palabras aunque nobles en intenciones, celebramos la vida cantando y riendo dentro de nuestro círculo más cercano, no somos de hacerlo a los cuatro vientos. En fin, que somos cazurros y reservados. Aunque eso sí, cuando alguien en cualquier parte del mundo nos pregunta de dónde somos no dudamos ni un segundo en responder que de León, nos presta presumir de ser leoneses.