Picazón en la alegría

España es un país feliz ¿Por cuánto tiempo? El que dure el ensueño. La mayor demostración del folclorismo moderno, el fútbol, se ha coronado como campeón indiscutible en el Mundial de Estados Unidos, México y Canadá. Y lo ha hecho frente a concepciones políticas, sociales y deportivas de las que España ha salido triunfadora con un modelo de honradez que ha potenciado la gesta.

Luis de la Fuente ha sido más que un seleccionador. Acertó con el diseño de una plantilla ideal en pos de la segunda estrella en nuestra zamarra, no se sabe muy bien si roja, blanca, azul o amarilla, porque esto de los diseños queda como aburrido sin la irisación. Además, España, que se desliza en su cotidianidad a la temida polarización del blanco o negro, necesita de los matices cromáticos, para hacer metáfora de las variadas y contrastadas maneras de nuestras formas de vivir y sentir.

De la Fuente ha ejercido un liderazgo moral en perfecta sintonía con la máxima jerarquía de vestuario y banquillo. En un fútbol que hoy se declara científico de esquema y pizarra para formular estilos de juego a base de axiomas, el seleccionador español ha apostado, en las claves culturales que esconde este deporte, por un concepto humanista que le ha llevado en volandas a lo más alto del Olimpo. Por supuesto que ha habido tácticas, el capítulo científico, pero también se han dejado entrever en las tácticas y pormenores arte, historia, filosofía, música, esas manifestaciones del alma que han emergido de un grupo de chavales bien tutelados, así como en el ejemplo de entrega que es la fabulosa abstracción de jugar –o danzar– lejos de la frontera visible del balón.

En un Mundial al más puro estilo de Hollywood o Broadway, con estrellas rutilantes en la individualidad del nombre propio, léanse Messi, Mbappé, Vinicius, Haaland y Bellingham, España aportaba a este apriorístico cuadro de honor a Lamine Yamal. Nuestro jugador no ha completado un juego excelso, quizá por una lesión previa, quizá por designios del entrenador de subsumirse en el grupo. Donde estaban estos elegidos se les distinguía con la acepción la selección de…. apenas se mentaba la nación. La que quedó campeona, desde el minuto uno, España, fue un equipo con sus puntos de referencia, obvio, pero llevó en lo alto su identidad. Saquemos consecuencias de la moraleja para la vida civil del poder integrador de la colectividad sobre la individualidad. Otro fantástico mérito de Luís de la Fuente.

España representó durante el campeonato la fórmula más sana de la competición, el trabajo silencioso del que sabe lo que tiene que hacer sin aspavientos. Al otro lado de la trinchera se movía una neblina de intereses comerciales que empezaban con unas llamadas paradas de hidratación, subterfugio para avenirse al american way life de rentabilizar el tiempo con anuncios comerciales hasta e la ráfaga de los segundos.

La actuación de Argentina, el finalista, quedó salpicada de acciones sospechosas relativas a los arbitrajes en momentos difíciles, y tolerante en exceso con la propuesta marrullera de su juego, sin olvidar la elaboración de un calendario que, en rivales y desplazamientos, parecía más favorable que el de otras selecciones favoritas.

La selección española impregnada del espíritu, no de un jugador estrella, sino de un preparador con la cabeza encima de los hombros, une a la épica de un campeonato que nunca borrará el tiempo, el consenso que ha suscitado en el mundo futbolístico el bien hacer las cosas desde la dificultad que en estos tiempos es la gestión de la sencillez; de nuevo, obra de la mano maestra de De la Fuente.

Nula presencia del Real Madrid

En este texto alegre por un triunfo de mi país, aparece la picazón de mi militancia futbolera, no otra que mi condición de madridista en declive de ánimo, pero no de corazón. Ver levantar la copa, y que en ese grupo, por primera vez desde la noche de los tiempos, no hubiera un jugador de mis colores puso sordina a la euforia.

Recuerdo que en el primer Mundial ganado, el de Sudáfrica en 2010, tampoco hubo mucha presencia merengue. Pero la que hubo fue definitiva. Si Maradona fue la mano de Dios en 1986, esa misma mano volvió a posarse en el tobillo de Iker Casillas, cuando desvió con esa parte del cuerpo un balón directo a portería, en un mano a mano con la estrella holandesa Arjen Robben. Casillas fue también el referente de la apoteosis en la recogida del trofeo como campeón confirmado tras el gol de Andrés Iniesta.

En este mundial, ni uno de la factoría del Bernabéu. Se puede decir que Cucurella era una representación. No vale. Se inscribió fuera de plazo. No jugó con la camiseta blanca la temporada que sirvió de examen final para la convocatoria.

A cambio, mayoría dominante de integrantes del club máximo rival, el Barcelona, goleador final incluido, con una insultante juventud y piedra de toque de una cantera que Florentino Pérez, el presidente del Real Madrid, ha olvidado, salvo para hinchar la cuenta de resultados con traspasos a otros equipos que, cuando nos visitan, sacan los colores con cuñas de la misma madera. Los madridistas ganamos, como afición, un Mundial, pero bajo la alfombra se esconde una goleada dolorosa del rival más encarnecido.