Fuego, mucho fuego

En España somos muy dados a creer cuentos y leyendas. La de la ardilla es un buen ejemplo sin base real alguna, pero como país de profundas creencias, sin duda herencia africana de íberos y árabes, poco trabajo cuesta tragar las mayores patrañas. La presente ola de incendios así vuelve a ponerlo de manifiesto. En efecto, la incompetencia manifiesta para afrontar una tragedia que asola el país año tras año, es la prueba del nueve de este aserto.

Pongamos Castilla y León, trono de la ineptitud y de la inoperancia de sus políticos en materia de lucha contra incendios y otras materias en las que retrocedemos o nos estancamos indefectiblemente. De esta autonomía podría decirse lo de aquel estudiante de Salamanca que dejó escrita en un pupitre una frase para la posteridad: la inteligencia me persigue, pero yo soy más rápido. En esta ‘malhadada comunidad’ a la que nos han encadenado los partidos políticos que se arrogan el derecho de regir nuestro destino, habría que modificar levemente la frase, excepción hecha de Valladolid, y quedaría en estos términos: el progreso nos persigue, pero nosotros somos más rápidos.

Pero volvamos al tema principal. La Sierra de la Culebra ardió por los cuatro costados en 2022. Nadie en Castilla y León se dio por aludido. 2025 se saldó con pavorosos incendios y miles de hectáreas que todavía pugnan por reverdecer entre una vegetación hecha cisco. ¿Se tomo alguna medida en esta comunidad? No, por cierto. Ahora estamos en 2026 y todo sigue igual. Los malpensados atribuimos al exconsejero Quiñones inepcia en la materia. ¡Pero qué va! La ineptitud es sustantiva e inherente a esta autonomía de diseño. ¿Se sabe de algún incendio que no haya acabado por extinguirse? Pues eso, la prevención es un absurdo y un despilfarro.

El grave problema es que, en el presente año, la incapacidad manifiesta para la gestión del monte –de otras incapacidades manifiestas mejor ni mencionarlas– el asunto se les ha ido de las manos y ahora desde tierras abulenses, el fuego amenaza con saltar a la autonomía madrileña, que como la (¿nuestra?) pregona mucho, pero es además de ineficaz igualmente incapaz de sofocar incendios generados en su territorio. La presidenta madrileña, personaje con locuacidad de verdulera, ha expresado en varias ocasiones que “Madrid es España” y no le falta razón. Tan torpe es la política madrileña como la política española en este campo.

Aterradoras enfermedades como la poliomielitis, viruela, sarampión y otras gravísimas pandemias que asolaron la humanidad, no conocieron tregua hasta la llegada de las vacunas y después los antibióticos. Las vacunas son preventivas, los antibióticos son curativos. La viruela, el sarampión, la rabia o la poliomielitis tienen una etiología vírica frente a la que siguen estrellándose los más eficaces antimicrobianos. Las vacunas erradicaron la viruela, secular azote de la humanidad. La prevención triunfó de largo sobre el tratamiento.

¿Mantener el monte?

Este ejemplo, llevado al campo de la lucha contra el fuego ilustra como la única medida efectiva pasa por prevenir, metafóricamente sería vacunar el monte, porque el tratamiento antibiótico, léase medios de extinción, son paliativos o de contención. La falta de cultura, a veces interesada, lleva a ignorar este simple principio que ya está contrastado en medicina, pero sigue inédito en la lucha contra los incendios forestales. Alguna luminaria como George W. Bush, expresidente americano, tuvo la ocurrencia de decir que, talando todos los árboles, se acabaría con los incendios forestales. Bush no le pasó factura a la ciencia por su ‘contribución’ pero no le faltan acólitos y seguidores de su demencial ocurrencia.

Quienes paran a pensar poco, hablan de limpiar el monte como si fuera un ente que se ensucia por sí mismo y al que habría que dejarle el suelo como el césped de un campo de golf. Olvidan que el monte ocupa millones de hectáreas en el mundo y con esas magnitudes es ilusorio mantenerlo impoluto. El monte está limpio hasta que el hombre lo mancha y su tarea de protección difícilmente puede pasar de áreas alrededor de enclaves poblados, vías de comunicación, cortafuegos bajo líneas de conducción eléctrica, instalaciones diversas, etcétera.

Por si fuera poco, solemos olvidar que el monte se rige por sus propias reglas y por mucho que nos empeñemos los humanos, seguirá observándolas. Nosotros sólo somos una más de sus especies. Una especie que no lo comprende, lo deforesta y maltrata junto al resto de sus moradores. El ambiente que el monte se esmera en preservarnos, resulta inviable sin su concurso. Es así de simple. El monte puede sobrevivir sin nosotros, nosotros sin él, no.

¿Repoblar la España vacía?

Como casi todos los que escucho hablar sobre el asunto, soy lego en la materia, pero creo que hay sencillas actuaciones manifiestamente mejorables. La primera pasa por no ver el monte como un estorbo indeseable, sino como el aliado que nos protege y que aún no hemos destruido. Eso se traduce en cambiar la mentalidad a las personas desde su más tierna infancia para ver en él un tesoro que bajo ningún concepto puede dejarse perder. Existe otro factor en el que poco o nada se repara. La gran mayoría de los bosques que arden están poblados de pinos y eucaliptos, especies esquilmantes y pirófitas. Bosques quizá muy rentables, pero auténticas bombas de relojería, a veces auténticas ratoneras.

Un último apunte. Si se quiere revertir esta tragedia no queda otra que volver a repoblar la España vaciada. Sólo fijando población al medio rural, favoreciendo la agricultura, ganadería y silvicultura, se podrá conjurar esta amenaza creciente. Ello pasa por ofrecer a los pueblos incentivos tentadores –buenas comunicaciones, servicios modernos y recuperar prestaciones imprescindibles que se han ido dejando perder– haciendo descansar la gestión del monte en la población rural, única garante de su supervivencia, sin que ello suponga a la administración el desentenderse de colaborar en la tarea. En este apartado la rentabilidad puede entrar en colisión con la perpetuación de nuestro medio rural y nuestro medio ambiente.

Si no se contemplan estos sencillos principios, estaremos condenados a padecer incendios de sexta o incluso séptima generación, si es que ésta última ya existe.

Tomás Juan Mata pertenece a Urbicum Flumen, la Asociación Iniciativa Vía de la Plata