Lo que ha cambiado en Ceuta

Quien quiera que haya planeado lo de Ceuta ha sabido manejar perfectamente las palancas de la ingeniería social. No se trata ya de si invaden o no un trozo de España y de mostrar nuestra absoluta debilidad ante una contingencia de este tipo, sino de cambiar la mentalidad y la percepción de un país entero sobre un tema tan sensible como la inmigración y la solidaridad con el inmigrante.

Porque eso es lo que ha sucedido: en los foros de derechas están más crecidos que nunca y en los de izquierdas se ha roto la antigua unanimidad al respecto. Ahora, a la mayor parte de la masa social le da igual ya que le llamen racista, facha o lo que sea: quiere que echen a esa gente, que la echen cuanto antes, y si pudiese ser a palos, mejor. Ese es el pulso que he tomado en muchos lugares y que me parece difícil de negar.

La mayoría social está ahora contra las fronteras abiertas. La mayoría social está en contra de contemporizar, preguntarles a los inmigrantes lo que quieren y atender a sus deseos. De esto a volverse favorables a abrir fuego contra el que viole la frontera sólo hay un par de pasos y un par de invasiones más. Un accidente. Un par de pirados. Poca cosa.

Los que nos querían arrastrar a un conflicto, pueden estar de enhorabuena, porque el conflicto ya está aquí. Los que defendían la ingenua postura de que la inmigración es riqueza están en plena retirada a la vista de cómo nuestros vecinos nos lanzan esa riqueza en riadas, a sabiendas de que son nuestras leyes las que nos mantienen indefensos.

Algo ha cambiado con lo de Ceuta, y posiblemente sea para una larga temporada. Y se trata además de algo visceral, reptiliano, que no atiende a razones, y que se llevará por delante otros muchos logros si la España progresista vuelve a dar la espalda a la gente de la calle o se limita a insultar a los que están enfadados.

Lo realmente cabal y prudente sería cruzar a toda esa gente a la península y dejarlos que se disgreguen por Europa, generando un efecto llamada de libro, para hacer lo mismo una y otra vez hasta que Europa se involucre en el problema. El problema, una vez más, es que en todo el continente ha sonado la misma alarma y no tardarían en hacernos cargar a nosotros con ese mochuelo. Porque ahora ya la mayoría social considera a toda esa gente un mochuelo, una carga, una lacra y un enemigo.

Esa es la puerta que se ha abierto. Y es jodida de cerrar.