Gente que infunde fe

“Soy español, a menudo sin ganas”, escribió Luis Cernuda en el exilio pero ésta es otra España y hay veces en que es justo al revés…

En verdad hay golpes en la vida tan duros, yo no sé, dice un poema de César Vallejo digno de ser grabado en piedra; hay tragedias que desgarran la carne y otras que, además, nos desgarran el alma. Por ejemplo el accidente de los trenes en Urda que ha dejado muerte, desolación y ese silencio espantoso que queda cuando la vida se rompe de golpe como una vidriera de Luis García Zurdo tras una mala pedrada. Detrás de cada víctima hay un universo extinguido, una silla vacía, un poema roto, un abrazo que ya no llegará y un Óscar Puente que no dimitirá. Y uno recuerda inevotablemente a Unamuno (sí, he escrito a propósito inevotablemente), cuando escribió: “Me duele España”. Porque hay días en que España no se piensa: se padece.

Pero en mitad de tanta oscuridad ha sucedido algo hermoso: ha aparecido la gente. La gente corriente. Los españoles de a pie, esos héroes sin biografía ni monumento ni cargo público vistoso y lustroso que, cuando alguien sufre, abandonan lo suyo y acuden a socorrernos. Con sus manos, sus coches, sus mantas, sus alimentos, su casa parroquial y su corazón. Sin preguntar quién eres, de dónde vienes ni qué piensas. Como si hubieran comprendido mejor que cualquier enciclopedia aquella enseñanza del primer nombre de la Historia de la Filosofía Española, el estoico Séneca: “El hombre es algo sagrado para el hombre”.

Y uno siente entonces que todavía hay esperanza. Que España no está perdida mientras haya personas capaces de abrir su casa y compartir el sufrimiento de un desconocido. Mientras haya gente que corra hacia la desgracia en lugar de apartar la mirada, no habremos perdido el tren de la ética y la humanidad. Es en efecto esto la fraternidad de la que habló Antonio Machado, ese hombre bueno que sabía que “en cuestiones de cultura y de saber, sólo se pierde lo que se guarda; sólo se gana lo que se da”.

Estos españoles anónimos, valientes y solidarios, visto aqueda una vez más, están muy por encima de sus políticos. No necesitan tribunas, eslóganes ni disputas para demostrar su grandeza en la adversidad. La llevan dentro. Allí donde otros levantan trincheras, ellos tienden puentes; donde otros administran palabras, ellos entregan sus manos. Quizá porque conocen, sin haber leído a Santo Tomás de Aquino, que la caridad es mucho más que una virtud: es poner el amor en movimiento.

Lección de dignidad

Qué lección de dignidad. Qué manera tan conmovedora de ser españoles. Qué verdad tan luminosa la de qye en los momentos cruciales se actúa sin ningún condicionamiento y sale entonces lo que hay de verdad dentro de las personas. ¡Y sí, en España abunda el buen aunque el mal sea más vistoso!

A las víctimas (entre ellas dos leonesas insignes), nuestro dolor. A sus familias, nuestro abrazo más hondo. Y a quienes acudieron a ayudar, nuestra gratitud infinita.

Porque cuando el hierro se retuerce, cuando la muerte oscurece el día y parece que ya no queda nada en lo que creer, siempre aparece alguien que se acerca, te tiende la mano en la que porta su corazón como si fuera un garbanzo que late, y te ayuda con un amor que casi vale tanto como la pericia, y te devuelve la fe en el ser humano.

Es entonces cuando comprendemos que la patria más hermosa no es la que se pronuncia en los discursos de atril electoral, sino la que se ejerce en los momentos difíciles.

Esa gente que se da cuando hace falta son la mejor España; son la sal de la tierra. La España que no decepciona. La que no tiene partido ni precio ni quiere tener razón sino remar en comunidad y con verdad. La España de la fraternidad y la decencia. La España que, incluso en medio de la tragedia, nos reconcilia con la vida como una luna menguante que, en medio de la tormenta, bien parece una sonrisa que ilumina, aunque sea un poco, otra vez nuestra vida.