Fatiga de almas y miseria de materiales

Mi suegra no era una persona religiosa y, desde luego, no era católica. Cuando la incineramos –antes esperamos a que muriese– no tuvimos la opción de adquirir una caja sin crucifijo. Ni de que lo quitaran. Iba por defecto y no era desmontable. Debo aclarar que el ataúd y sus adornos se queman junto con el cadáver a altísimas temperaturas y el Cristo y sus complementos marca Inri, al igual que las bisagras, clavos y asas se funden y se separan luego de los restos óseos por magnetismo. Sí, lo pregunté. No, no te dan las virutas metálicas aunque las hayas pagado. Sí, es obligatorio comprar una caja para incinerar a un cadáver. Y sí, voy a volver a hablar de las contradicciones en pompas y liturgias que se nos introducen por los esfínteres a toda hora. Ya que salen los esfínteres... en mi concertadísimo colegio de niño me los dejaron en paz, pero fui, naturalmente, sometido –lo he contado más veces– a un intenso adoctrinamiento en las supersticiones y contrastadas estupideces de la Iglesia católica, apostólica y romana. Así que me sigue enfureciendo –la inversa fe de los que no tenemos ninguna…– que cuando ocurre una tragedia masiva se les ocurra hacer una eucaristía… de Estado. Con curas. Acto que infiere varias cosas: que lo oficial es pertenecer a una secta y aceptar sus pijadas de ultratumba, que todas las víctimas pertenecen a tal secta, que esa ceremonia concreta ayuda o consuela a los familiares y, sobre todo, que forman UN COLECTIVO. Si te mueres al lado de –y al mismo tiempo que– determinado número de personas empiezan a precipitarse extraños sucesos de homenaje y animismo no solicitado. Ya resulta yo creo suficientemente arbitrario compartir destino eterno con una serie de desconocidos unidos solo por lo repentino y simultáneo del golpe que les precipita para siempre en una heroica lista. A partir de ahora cada vez que viaje en tren o avión y por si acaso le doy la patada al cubo a la vez que otras personas –cosa, parece ser, definitiva– voy a llevar una chapa como la de No resucitar con un NO ME HAGAN MISAS. Ustedes disculpen las matracas que doy con esto, pero los ateos, es sabido, nos ponemos pesadísimos con la religión. A estas alturas esperaba que nos hubiéramos librado de tanta ceremonia, de tanta invasión de la intimidad, de tanto sacerdote y de tanta hostia. Bueno, también lo esperaba de los premios. Y de la música ligera.