El mando a distancia

El mando a distancia es ese aparato sin el que hoy nos resultaría complicado entender muchos gestos cotidianos pero que, paradojas del mundo moderno, es también ese instrumento sin el que la humanidad ha vivido perfectamente hasta hace cuatro días. Y ahora, además, uno asiste perplejo a la invasión lenta pero inexorable (parece que se reprodujeran por generación espontánea) de estos pequeños dispositivos electrónicos. Por ello no es extraño que nuestra capacidad de fabulación haya trasladado ese pequeño poder que reside en una tecla a algo más inherente a la condición humana: el deseo de cambiar tu vida.

Imagínense por un momento que alguno de esos mandos a distancia que se han hecho fuertes en nuestra casa nos regalara el poder de rebobinar, pausar o acelerar nuestra vida a voluntad. Imaginen que pudiéramos poder volver a vivir todos esos instantes de maravillosa felicidad que se ha llevado el viento, que pudiéramos acelerar las tristezas cotidianas o que simplemente pudiéramos editar a nuestro antojo la película de nuestra vida. Ese hipotético mando a distancia con atribuciones tan mágicas sería el Santo Grial de nuestra era, ese superpoder que siempre conlleva una responsabilidad. Porque, como sucede en cualquiera de los cuentos escritos o filmados que han jugado de una u otra manera a darnos esa capacidad de manipular el tiempo, también con nuestro asombroso aparato la diversión acabaría de forma abrupta para que aprendiéramos alguna lección, para dar paso a una moraleja que en el caso que nos ocupa nos invitaría a dejarnos de tonterías y ejercer el presentismo.

El presentismo es esa creencia de que únicamente existen los eventos en el presente, una actitud filosófica anta la vida que ensalza el carpe diem, ese vivir el momento como única forma de combatir el tedio plomizo de algunos días. Mañana no existe y ayer no volverá, esa es la cuestión. Presentismo es tener la conciencia por unos segundos de la felicidad que estamos sintiendo en un determinado momento, del privilegio de estar vivos aquí y ahora. Y sí, ya sabemos que practicar el presentismo es únicamente poner tiritas en la herida de la mortalidad, intentar poner vallas al campo, pretender de forma estéril que ese tren desmemoriado que viaja inexorablemente hacia el futuro se detenga. Pero saberse feliz y pleno, aunque solo sea por un instante, es el mejor antídoto posible para combatir esa misma fugacidad del tiempo de la que somos cautivos.

Eso, o hacerse con un mando a distancia de poderes extraordinarios.