Aplaudidores y León

Estamos asistiendo a que día tras día se escuchen los insultos y apenas haya oportunidad al debate de ideas o propuestas. Diría que casi hay carta de libertad para decir cualquier barbaridad siempre que pertenezca a mi grupo de referencia. Por ejemplo acabo de escuchar a Miguel Tellado (secretario general del PP) que el Congreso Federal del PSOE 'más que federal habría que denominarlo criminal' . En esa misma línea en su momento dijo que los socialistas “deberían de salir de la Moncloa con los brazos en alto”.

El presidente Trump es también suficientemente conocido por la facilidad para insultar a todo aquel que no coincida con lo que puedan ser sus posiciones. Tanto en Europa como en el resto del mundo podríamos encontrar ejemplos similares.

Cada uno de estos líderes tiene su correspondiente corte de 'aplaudidores'. Es habitual ver a Trump rodeado de un grupo de personas en el Despacho Oval simplemente para aplaudir cualquier cosa que pueda decir e incluso he podido ver a ese grupo rezando juntos, con Trump dirigiendo a modo de sacerdote la oración.

Un mundo político polarizado

Faltan las ideas que propician el debate. Con ello deja de existir una crítica a lo que puedan ser los propios planteamientos que pueda tener mi propio grupo. En un mundo tan polarizado, al disidente de cada partido se le suele vincular muy fácilmente a 'traidor'.

La dialéctica se establece para ver quien puede insultar más alto y con más potencia. También se consigue que muchos medios de comunicación sean eficaces altavoces de esos insultos. El pensamiento que crea valor y propicia el desarrollo económico y social desaparece. Los parlamentos dejan de ser el espacio para debatir ideas y estrategias para ser unos gallineros que repiten día tras día el mismo cruce de insultos.

Pero no creo que este panorama sea exclusivo del mundo de la política, también se puede ver en otros ámbitos. Si alguien crea un grupo, lo que promueve son 'aplaudidores' de aquello que vaya a hacer. Molestan las posiciones críticas o incluso que se planteen caminos u estrategias diferentes.

Incluso se prefiere el restringir los grupos para así facilitar el control sobre los mismos. Conozco algún grupo que teniendo muchas personas con deseo de pertenecer a ellos, que asumen sus planteamientos y sus cuotas, se les niega su condición de llegar a ser socios. Se elige mayor control aunque ello suponga menor expansión.

Creo que la discrepancia puede aportar más valor que la sumisión. Pero también diría que la discrepancia está reñida con el exabrupto. El cruce de ideas me parece positivo, el de insultos no.

Los 'aplaudidores' podríamos decir que son los pelotas de siempre. Pero es que ahora para acceder a puestos de poder se hace necesario ejercer de aplaudidor¡. Apenas se dejan ver posiciones diferentes en cada partido, todo aparece como demasiado uniforme. No hay matices: “O estas conmigo o estás contra mí”.

Esta evolución social supone que se sustituye la adhesión a unas determinadas ideas a hacerlo por un determinado líder. Hablamos de Sánchez, Feijoo, Abascal y no tanto de socialismo, conservadores, liberales…

¿Y en León qué 'aplaudidores' tenemos?

En León tenemos buenos ejemplos de aplaudidores oficiales. Uno de ellos sería Javier Cedón cuya misión fundamental será aplaudir todo lo que hace mi partido en Madrid. Cuando el alcalde de León José Antonio Díez critica alguna cosa a Sánchez demandando mayor implicación con la Región Leonesa o a Carlos Martínez por su falta de comprensión de la identidad leonesa o a Oscar Puente por su verborrea y falta de consideración hacia lo leonés, entonces Cedón le califica “de traidor” que “avergüenza al partido”. Vamos su filosofía es la de que hay que aplaudir siempre lo que haga alguien de mi partido. La equivocación siempre será del otro, de “los míos” no.

Pero está situación no es muy distinta a la que se da en el PP de León con Ester Muñoz. Cambia sólo el sentido de las flechas. Por definición lo hace mal siempre donde no gobierna mi partido (Gobierno Central) y siempre bien si gobierna el PP (Junta de Castilla y León). Es así de sencillo y como no se equivoca en esa caracterización ha logrado ascender dentro del organigrama de su partido. Todo ello dentro de una cultura escasamente democrática que diferencia entre parlamentarios y parlamentarillos.

Nadie tiene por definición siempre la razón (ni tampoco el que escribe este artículo). La discrepancia es necesaria. Pero claro ya se dice que rectificar es de sabios y esto debe suponer una tarea complicada. El ser crítico con determinadas actuaciones para nada supone el tener que abandonar un posicionamiento ideológico.

Los 'aplaudidores' nunca han ayudado a avanzar.

David Díez Llamas es sociólogo