Anatomía de un caballo, de Amancio González

El punto de giro espiritual en la obra reciente del escultor Amancio González vino con la pieza sobre la pandemia del COVID que hizo para la glorieta del Hospital de León, y en la cual nuestro escultor abandonó lo materialista, materico y antropomorfo para hablarnos emocionadamente y así, mediante el prodigioso idioma del arte, de los que se superan, los que se elevan: en ese caso todos los sanitarios que volaron, por nosotros, por encima de su sueldo y de si mismos con el objetivo de salvar a su modo el mundo…

Y es que en efecto hay un determinado momento en el que el artista siente el peso de la estética, siente la vuelta al origen, ese momento epistémico en que te das cuenta de que existe algo por encima de nosotros que nos supera. Los idealistas neoplatónicos dicen que es la evidencia repentina del mundo de las ideas (en Platón nace no solo las religiones trascendentes sino también la estética en su rama de arte trascendente). Los espiritualistas por su parte desdicen a los idealistas y señalan que lo que le pasa al artista en ese punto es que roza lo divino… 

Sea como sea, en cualquier caso el arte, además de camino interior continuo, es una cuesta en ascensión.

Y el escultor Amancio González en este sentido se ha dado cuenta de que lleva toda una vida dedicado a la forma, lo antropomorfo (vean como ejemplo El Gigante de Santo Domingo conocido por 'La Negrilla', que viene a ser esa renatomía de lativización de la grandeza humana que también hizo Jonathan Swift en Los viajes de Gulliver cuando el protagonista llega a la isla de los gigantes), la figura humana redimensionada, otro volumen, otra textura y en común el alma... la escultura antropomórfica de Amancio González ha sido hasta ahora estudio de del hombre; el conocimiento de uno mismo, y, a través de uno mismo y de la forma del cuerpo, vía de acceso al todo, 

Pero de repente en el escultor Amancio González se han desatado estéticamente los caminos de elevación espiritual. 

Por eso en esta nueva exposición recién inaugurada en Galería Ármaga y titulada Anatomía de un caballo ha utilizado el símbolo del caballo para elevarse de lo antropomorfo, elevarse estética y espiritualmente, como lo haría un caballo que tiene algo de ángel (eso en el fondo es el artista verdadero). Esa anatomía del caballo creemos pujes que es la anatomía de lo estético, el viaje desde la materia hacia lo espiritual y ese viaje que se hace por elevación, como así nos enseñaron los místicos tales como Ramon Llull en el Libro del ascenso y descenso del entendimiento o Ibn Arabí en Iluminaciones de la Meca, dos de los libros favoritos del gran espiritualista, gran artista y maestro de artistas Alejandro Vargas.

Así las cosas, nos atrevemos a huir en esta ocasión de la crítica de arte y a situar en el vértice de esclarecimiento escrito de esta exposición la muerte reciente de nuestro maestro inolvidable Alejandro Vargas pues todos queremos analizar el caballo, y entenderlo, y hermanarnos con él hasta domarlo y montarlo y que nos lleve arriba, nos eleve y nos conduzca al cielo donde están los nuestros convertidos en estrellas que en lo oscuro nos dan la luz mejor.

No tengo duda de que ésta es la exposición más mística de todas aquellas que ha realizado Amancio González. De hecho se ve también esto en los materiales, en cómo ha querido solidificar lo espiritual, hacer lo que sólo un escultor puede hacer, que lo espiritual sea de pronto sólido: por eso utiliza con tanta pericia ahora los bronces para caminar entre lo figurativo, cuando trata el tema del caballo, y lo geométrico con los cuadrados y cibos que bien parecen un homenaje a escultores abstractos de nuestro siglo XX como Chillida, Ibarrola y Oteiza. Pero en esta exposición también hay un trabajo de reelaboración artística del duelo y lo aprendido y lo rezado para que lo espiritual no sea sólo religioso, no sea sólo estético, sino que sea también heterodoxo o, en su caso, cosmológico, casi con algo de horóscopo. De hecho también aquí hay simbología cósmica. 

En suma tenemos que decir que esta exposición es el momento de madurez plena donde el caballo parece que vuela, acaso, porque no hay nada más difícil que eso. Si Velázquez fue capaz de revolucionar la pintura pintando la luz, el gran escultor que es Amancio González está tratando de hacer ese mismo prodigio casi alquímico, el de esculpir el vuelo y esculpir el aire.

La forma que parece aquí a veces que no se sostiene en nada, pero es porque se sostiene en lo divino. Las manos invisibles de Dios sujetan la materia y a nosotros cuando nos quedamos solos, ya sin nuestros maestros y nuestros padres, navegando por nuestros propios medios por el mar de la vida como una nave al pairo...

Esa es la clave para entender la última exposición de Amancio González.

La pieza más importante de esta exposición es por eso precisamente Pegasus, porque es donde se funden las dos tradiciones de las que estamos hablando, el idealismo griego cargado de simbología y el espiritualismo cristiano: todo en la figura de un caballo que en realidad es un ángel. Y todo para decirnos, para hacernos ver, que se puede hacer escultura y que esta escultura no sea, como ha sido en la obra de Amancio González hasta ahora, un prodigio de lo matérico antropomórfico, la escultura convertida en la canción de las cosas, sino una escultura que es algo que artítica y espiritualmente está más allá, que es el más allá de la materia, la forma informe, lo angélico, o, como decía San Juan Evangelista, la palabra hecha carne.

Amancio González, domador de tempestades y de bestias, nos invita a subirnos al caballo, a elevarnos, y, por ende, a estar más cerca del cielo…

¡Esa es la razón por la que existe el verdadero arte! ¡Por eso lo amamos tanto! ¡Gracias!