De León a la ‘isla de los muertos’: la historia de los represaliados leoneses enviados al penal gallego de San Simón

Sara Lombas

20 de septiembre de 2026 08:09 h

Dos pequeñas islas en la ría de Vigo fueron el destino de miles de presos de la dictadura franquista, decenas de ellos con origen leonés. Las islas de San Simón y Santo Antón, recientemente declaradas como Lugar de Memoria Democrática por el Gobierno de España, fueron uno de los más letales campos de concentración de la dictadura, en las que hay constancia de más de 500 (imposible aproximar la cifra real de asesinados) en los siete años que sirvieron como colonia penitenciaria. 

Allí acabaron decenas de leoneses originarios de todos los puntos de la provincia y, ya durante los últimos años de aquel penal, aquellos de edad más avanzada, como un vecino de Folgoso de la Ribera, quien llegó a este temible islote gallego con 73 años de edad. También el exalcalde de San Esteban de Valdueza, Nicasio Astorgano, que murió al poco de llegar, con 60 años.

La Isla de San Simón se encuentra en la provincia de Pontevedra, en el término municipal de Redondela. En realidad, se trata de un pequeño archipiélago formado por cuatro islas, siendo las dos mayores la de San Simón y, la otra, Santo Antón. Entre las dos el perímetro abarca unos 370 metros de ancho y otros 230 de largo. En este reducido espacio se llegaron a acumular 2.000 presos de la dictadura franquista a la vez. A pesar de ello, la isla cuenta con un amplio trazado histórico: albergó a templarios y a franciscanos e incluso fue víctima de los saqueos de piratas durante el siglo XVI. 

Más tarde, en el siglo XIX, fue convertida en lazareto (un hospital destinado a confinar a los enfermos infecciosos) para los marineros de los barcos procedentes de América. La isla tuvo esta función hasta 1927, después de albergar a más de 2.300 barcos de diversas nacionalidades. 

Fue durante la Guerra Civil cuando la isla se convirtió en campo de concentración, haciendo uso de las edificaciones que habían servido para acoger a los enfermos en la isla de San Simón, donde se ubicaban los principales edificios del penal. El cementerio se encontraba en la isla más pequeña, la de Santo Antón, junto con las habitaciones de la guarnición militar que controlaba el penal. Ambas se comunicaban por un puente de piedra que aún permanece, junto con otras infraestructuras. Más de 5.000 personas acabaron en esta colonia penitenciaria entre octubre de 1936 y el 15 de marzo de 1943, cuando se desmanteló. 

‘La isla de los muertos’ 

El escritor madrileño Diego San José, quien fue detenido por el régimen en 1939 y enviado a San Simón, describió el campo de concentración como “la isla de los muertos”, repleta de hombres que “como sombras arrastran la tragedia del hambre y el dolor que les asedia”. El autor fue uno de los prisioneros que más tiempo aguantaron en la isla, ya que solo salió de ella en 1943, una vez que se había desmantelado. San José se asentó en la localidad próxima de Redondela, donde permaneció hasta su muerte en 1962, a los 78 años.

El campo de concentración atravesó tres etapas desde su instauración en octubre de 1936. Los primeros años sirvió para recluir a los presos de la provincia de Pontevedra, cuyas cárceles ya se encontraban abarrotadas de prisioneros. En una publicación del Instituto de Estudios Vigueses dedicada a este campo de concentración, se cita que en un solo mes, llegaron más de 1.000 hombres. Una de las primeras víctimas del terror franquista en San Simón fue el escritor y periodista gallego Manuel Lustres Rivas, quien llegó a ser director de El Heraldo Gallego. Después de ser detenido, apareció muerto en una cuneta de Redondela en noviembre de 1936 junto con otros ‘paseados’. 

Después del verano de 1937 y hasta febrero de 1939 San Simón comenzó a recibir a los prisioneros del frente de Gijón, ya caído. La mayor parte de ellos procedían de Asturias o de las cuencas mineras de León. Fue tal la oleada de nuevos presos que tuvieron que habilitarse barracones portátiles e, incluso, haciendo llegar al vapor ‘Upo Mendi’ desde Bilbao para servir de prisión anexa flotante, en cuya bodega llegaron cientos de presos, principalmente de origen vasco. 

Fue a partir de febrero de 1939 cuando comenzó la fase más mortal de la prisión de San Simón, ya que se decidió que esta colonia sería el destino de miles de capturados a lo largo de toda España de mayor edad, casi todos por encima de los 60 años. Como es de imaginar, la mortalidad tras la llegada de numerosos prisioneros ancianos, elevó la mortalidad del campo de concentración de San Simón. 

Se contabilizan más de 500 muertes (la mayoría entre 1940 y 1941), además de las que se produjeron por ‘paseos’ y fusilamientos extrajudiciales, por lo que la cifra real de fallecidos es incalculable. La cifra es especialmente alta si se tienen en cuenta las de otros campos de concentración cercanos, como el de San Rosendo de Celanova en el que durante sus 7 años de funcionamiento (los mismos que el de San Simón), el Instituto de Estudios Vigueses contabiliza 84 muertes en una población reclusa que superaba las 1.000 personas (hay que tener en cuenta que en San Simón no llegaron a convivir a la vez más de 2.000 represaliados, por lo que la proporción es enorme). 

Según el Instituto de Estudios Vigueses, quienes salían con vida del campo de concentración de San Simón lo hacían bien porque ‘demostraban’ su ‘simpatía’ por el nuevo régimen (o aquellos cuya causa había sido finalmente sobreseída); porque se encontraban en libertad vigilada hacia sus lugares de origen o donde decidiera la autoridad competente (con la condición de presentarse regularmente ante el alcalde de sus pueblos o la Guardia Civil); o, en el caso de los más jóvenes, porque eran enviados a otros penales para continuar allí sus condenas (muchos eran trasladados a Navarra o a la prisión de Astorga) y así dejar sitio para los ancianos que comenzaban a llegar de forma masiva a la isla. 

Los leoneses que acabaron en San Simón: desde un alcalde a un anciano de 74 años

De entre los centenares de prisioneros originarios de la provincia de León que acabaron en el campo de concentración de San Simón destacan varios, entre ellos, el más anciano de todos los leoneses y también un alcalde de la Segunda República de San Esteban de Valdueza. 

El primero de ellos es Pedro Vega, un labrador de Folgoso de la Ribera al que hicieron prisionero con 73 años junto a dos de sus hermanos, mucho más jóvenes que él. Vega ingresó en prisión preventiva en abril de 1937, acusado de haber reclutado “gente para el Centro Comunista de Folgoso de la Ribera” junto a su hermano José Antonio Vega. 

En el expediente procesal de Pedro Vega, facilitado a ILEÓN por la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH), llama la atención la ambigüedad de las acusaciones. Desde “excitar a las turbas marxistas” o ser “propagandistas” del bando republicano. De hecho, el propio documento afirma: “Aun cuando los procesados no han causado daños en concreto al Movimiento Nacional, sí los han causado en abstracto”. 

La documentación facilitada por la ARMH también incluye documentación que refleja el proceso judicial, que da buena muestra de cómo tuvieron lugar semejantes juicios. Durante el interrogatorio que tuvo lugar en Ponferrada en noviembre de 1937. En este juicio, a Pedro Vega se le acusa de hacer “comentarios violentos” contra detenidos del bando golpista (que en la indagatoria se califican como “personas de orden”) que se encontraban en el Ayuntamiento de Folgoso de la Ribera. También de encontrarse en un grupo de personas en el que, supuestamente, se “comentaba la forma de colocar dinamita en la carretera para volarla al paso del ejército”. 

“No es cierto”, señala el documento que respondió Pedro Vega, quien añade que si bien estuvo presente en el Ayuntamiento se fue de allí al ver a tanta gente, no sin antes encargar a varios grupos que “no cometieran desmanes porque todos eran hermanos”. 

Esta fue toda la indagación del juicio que condenó a Pedro Vega a 20 años de prisión que, con sus 73 años, era una sentencia de por vida. Sería puesto en libertad en 1957, con 93 años. El documento refleja que se invirtieron 10 minutos en esta diligencia. 

Se desconoce en qué prisión ingresó en primer lugar Pedro Vega, tampoco qué año llegó a la isla de San Simón, pero es de suponer que lo hizo en el año 1939, cuando la isla se convirtió en el campo de concentración de los prisioneros más ancianos. Tiene sentido, porque en el censo de presos de la Isla de San Simón, Vega aparece registrado con 74 años. 

La ARMH tiene constancia de un documento que refleja que a Vega se le concedió la “libertad condicional” en 1941, cuando ya tenía 77 años. De ser así, Pedro Vega habría cumplido tres años en la Isla de San Simón y cinco en total como prisionero. En el año 1944 las autoridades franquistas deciden conmutar su pena de cárcel, rebajándola de 20 a 8 años. Vega ya lleva seis años recluido, por lo que su libertad llegaría en 1946. 

Hay que tener en cuenta que Vega había recibido una “libertad condicional” estando ya en San Simón, por lo que es posible que pudiera regresar a Folgoso de la Ribera o quedarse en el entorno de la isla gallega. Además, San Simón fue desmantelada en 1943, por lo que no se puede descartar que este anciano sobreviviera a la ‘isla de los muertos’ después de, al menos, tres años en el campo de concentración situado en la isla gallega. 

Otra fue la suerte de Nicasio Astorgano Carrera, labrador y alcalde de San Esteban de Valdueza durante unos meses, coincidiendo con el golpe de Estado franquista. Astorgano fue acusado por varios vecinos de ser un líder de izquierdas en la comarca, de pedir el voto para la izquierda antes del golpe de estado y de hacer propaganda marxista y comunista. Además, algunos testigos aseguraban que había ocultado a un grupo de guerrilleros en su casa durante la guerra, mientras que otros lo desmentían. Otra de las acusaciones contra Astorgano fue la participación de una manifestación el 1 de mayo de 1936 en Ponferrada. 

Al parecer, Astorgano ya había sido encarcelado con anterioridad en Ponferrada, aunque la causa y su propio testimonio explican que fue liberado con una multa económica gracias a la intermediación de un amigo. 

La sentencia reconoce que la mayoría de los hechos de los que se le acusaba no podían constituir delito, ya que ocurrieron antes de la declaración de guerra. Sin embargo, considera que “tiene responsabilidad” por haber salido de prisión, mientras otros muchos habían muerto. 

Por todo ello, Astorgano fue condenado en 1938 también a 20 años de prisión por auxilio a la rebelión. Al igual que en el caso de Pedro Vega, la sentencia también reconoce que estos daños fueron “en abstracto” contra el movimiento franquista. 

Aquel mismo año en el que se conoce su condena, su esposa, un hijo de 14 años y otros vecinos de San Esteban de Valdueza, recorren la comarca pidiendo firmas para liberar a Nicasio Astorgano. Lograron 39 firmas, incluyendo la de varios párrocos de pueblos vecinos, hasta que los franquistas les interceptaron y denunciaron. Según la documentación remitida a ILEÓN por la ARMH, Ángel Astorgano (su hijo), no fue procesado ni condenado. 

Según el listado de presos de la colonia de San Simón, Astorgano llegó con 60 años a la misma, entre 1939 y 1940; dos años después de haber sido condenado. Más o menos el mismo año que Pedro Vega llegó al campo de concentración gallego. A pesar de los recursos que su familia presentó para tratar de liberarle, Astorgano falleció muy poco después de llegar a la isla, en octubre de 1941. 

La red de apoyo que tejieron las mujeres de Cesantes

Una de las características del sistema de campos de concentración franquistas era alejar a los presos de su red de apoyo: familias, amigos, conocidos... La isla de San Simón se antojaba remota para muchos leoneses de la época, y más aún para los más ancianos, muchos de los cuales ya se encontraban viudos, como el caso de Pedro Vega. De esta forma, los represaliados contaban con poca o ninguna ayuda y visitas.

Sin embargo, las mujeres de Cesantes, la localidad frente a la que se sitúa la isla, crearon una red de cooperación para lavar la ropa de los presos que provenían de otros puntos de España, llevarles comida, mantas, medicamentos o servir de enlace para sus familias.

A este grupo de mujeres, apodadas como lavanderas o madrinas de San Simón, también reconoce la declaración como Lugar de Memoria Democrática.