'Nigredo', de Marta del Pozo

Hay libros que se leen y libros que se atraviesan. Nigredo, de Marta del Pozo (Avilés, 1980), pertenece a esta segunda especie, menos frecuentada y más exigente: aquella en la que la palabra deja de ser un instrumento de comunicación para convertirse en una sustancia peligrosa, una materia sometida a las operaciones de la oscuridad. El título, que remite a la fase inicial de la alquimia, cuando la materia se ennegrece antes de transformarse, proporciona una clave de lectura para esta escritura que parece avanzar por las galerías de una conciencia en combustión. No se trata de iluminar las tinieblas, sino de descubrir qué clase de luz permanece encerrada en ellas.

Marta del Pozo se inscribe así en una tradición de poesía hermética que tiene uno de sus orígenes modernos en el infierno verbal de Arthur Rimbaud. Desde Una temporada en el infierno, la poesía occidental sabe que la experiencia de la destrucción puede convertirse en conocimiento y que el extravío, lejos de ser una mera patología del espíritu, constituye a veces una forma extrema de lucidez. La lección rimbaudiana consiste precisamente en esto: en aceptar que el lenguaje debe atravesar sus propias ruinas si aspira a decir algo que todavía no haya sido domesticado por la costumbre. Del Pozo recoge esa herencia sin limitarse a reproducir sus procedimientos. Lo que en el poeta francés fue incendio y videncia se convierte aquí en una materia verbal concentrada, en la que cada imagen parece haber sido extraída de una región donde la conciencia y la pesadilla todavía no han terminado de separarse.

La forma elegida contribuye decisivamente a esta impresión. Los poemas en prosa, con su resistencia a las convenciones métricas y su capacidad para organizar el pensamiento mediante asociaciones de imágenes, permiten a la autora construir espacios de indeterminación donde la palabra conserva algo de su energía primitiva. Pero sería inexacto reducir esta escritura al surrealismo, etiqueta que suele aplicarse con excesiva generosidad a cualquier exploración de lo insólito. En Nigredo importa menos la irrupción arbitraria de lo maravilloso que la percepción de una realidad cuya profundidad excede los límites de la experiencia ordinaria. Estamos ante un realismo visionario: no una evasión de lo real, sino una forma de penetrarlo hasta descubrir en su interior aquello que la mirada habitual no alcanza a reconocer.

Realismo visionario

La diferencia no es pequeña. El surrealismo histórico aspiró a liberar las asociaciones inconscientes y a quebrar la vigilancia de la razón; el realismo visionario, en cambio, puede conservar la conciencia de la herida, la gravedad de la experiencia y hasta una rigurosa disciplina expresiva. Lo insólito no comparece como adorno ni como extravagancia, sino como revelación de una realidad que, por debajo de su apariencia estable, contiene una zona de amenaza. De ahí que la oscuridad de estos poemas no sea meramente ornamental. Hay en ella una exigencia de conocimiento, una voluntad de mirar aquello que el lenguaje convencional suele ocultar bajo las fórmulas tranquilizadoras de la experiencia.

Esta genealogía tiene en la poesía española contemporánea dos nombres insoslayables: Antonio Gamoneda y Raúl Zurita. En el primero, la palabra parece proceder de una memoria corporal y colectiva donde la muerte, la pobreza, la enfermedad y la devastación histórica adquieren una dimensión casi mineral. En el segundo, la herida se extiende hasta abarcar el paisaje, la historia y el destino de una comunidad, como si la escritura tuviera que levantar acta de un mundo sometido a la violencia. Ambos han demostrado que la oscuridad puede ser una forma de precisión y que la imagen visionaria alcanza su máxima intensidad cuando no renuncia a la resistencia de lo real. Marta del Pozo encuentra en esa tradición un horizonte de exigencia: el de una poesía que no necesita explicar sus visiones porque las somete a la prueba de su propia intensidad verbal.

Poesía española de mujeres

Pero esta herencia no se transmite únicamente por una línea de maestros masculinos. La poesía española escrita por mujeres ha construido, durante las últimas décadas, un territorio de extraordinaria riqueza en el que la exploración del cuerpo, la identidad, el lenguaje y sus zonas de conflicto ha producido registros muy diversos. Ana Isabel Conejo (Atlas), Yolanda Castaño (Profundidad de campo), Miriam Reyes (Espejo negro) y Berta García Faet (Los salmos fosforitos) representan, desde poéticas distintas, algunas de las posibilidades más fértiles de esa renovación. No forman una escuela homogénea ni obedecen a un programa común; las separan sus procedimientos, sus registros y sus concepciones del poema. Las reúne, más bien, la capacidad para someter la experiencia a una transformación verbal que desborda la confesión inmediata y convierte la escritura en un espacio de indagación.

En esa nómina, Marta del Pozo ocupa ya un lugar propio. Su apuesta por una escritura oscura y luminosa al mismo tiempo, en la que el poema en prosa puede funcionar como una cámara de revelado de la conciencia, prolonga una de las líneas más exigentes de la poesía actual. La oscuridad no implica aquí ausencia de sentido, sino resistencia a su consumo inmediato. El lector debe detenerse, regresar sobre las imágenes, aceptar que algunas relaciones no se resolverán mediante una paráfrasis y que el poema conserva siempre un resto irreductible. La dificultad, cuando es auténtica, no constituye un obstáculo añadido a la lectura: es parte de aquello que el libro tiene que decir.

También por eso conviene desconfiar de la identificación automática entre claridad y transparencia. Hay textos perfectamente comprensibles que apenas modifican nuestra percepción del mundo, mientras que otros, más resistentes, consiguen alterar la disposición de los objetos, las palabras y los recuerdos en nuestra conciencia. La poesía hermética no merece crédito por ser hermética, del mismo modo que la poesía accesible no pierde valor por serlo. Su legitimidad depende de la necesidad de sus procedimientos, de la correspondencia entre la forma elegida y la experiencia que pretende comunicar. En Nigredo, la oscuridad encuentra su razón de ser en esa voluntad de llevar el lenguaje hasta una frontera donde la imagen deja de ilustrar una idea y empieza a producir conocimiento.

Herencia de Rimbaud, Gamoneda y Zurita

El mérito de Marta del Pozo reside, en definitiva, en asumir una tradición sin convertirla en repertorio, en acercarse a la herencia de Rimbaud, Gamoneda y Zurita sin que la filiación anule la singularidad de su voz, y en situar su escritura en un diálogo contemporáneo con poéticas que han hecho de la exploración verbal una forma de riesgo. Nigredo propone una experiencia de lectura que exige atención y paciencia, pero cuya recompensa no consiste en descifrar un enigma como quien resuelve un pasatiempo, sino en experimentar una modificación de la mirada.

La alquimia prometía la transformación de la materia vil en sustancia preciosa. La poesía, menos ambiciosa en sus promesas y acaso más certera en sus resultados, transforma la experiencia oscura en una forma que podemos contemplar sin reducirla a explicación. De ese trabajo nace la luz peculiar de este libro: una luz que no borra las sombras, sino que las vuelve visibles. Y en esa paradoja —la de una escritura que ilumina precisamente aquello que no puede disipar— se encuentra una de las razones de ser de Nigredo.

No todo es poesía en prosa en este libro, pero la poesía en prosa es aquí lo mejor en un libro en conjunto de gran intensidad.