El pregón (I): los paisanos

¡Buenas noches a todos!

Tener de telonero a un eclipse solar como el que disfrutamos ayer es complicado para un pregonero novato como este quien os habla. Yo no voy a ser capaz de apagar la luz del sol, pero intentaré por lo menos ser ameno, un poco emotivo y que echemos alguna risa. Por otra parte, siempre he querido estar en una situación como esta para poder decir aquello que decía Pepe Isbert en Bienvenido, Mr. Marshall (1953), seguro que los más mayores lo recordaréis: ‘Como alcalde vuestro que soy, os debo una explicación, y esa explicación que os debo, os la voy a pagar…’

Me gustaría empezar dando las gracias al que sí que es nuestro alcalde y a todas esas mentes pensantes que han decidido que era buena idea que hoy me encuentre aquí ante todos vosotros: familiares, amigos, vecinos y visitantes de esta villa que tanto queremos. Muchas gracias, de verdad. Es todo un honor poder inaugurar las fiestas de mi pueblo, las fiestas de San Roque. Me siento muy halagado pero también cargado de una cierta responsabilidad. Es como cuando escuchamos a un artista que llega a actuar en el escenario soñado, o a un futbolista que marca el gol más importante de su carrera, explicar que todos los hechos de su vida han sucedido para llegar a ese momento.

Pues bien, salvando las distancias y con toda la carga irónica del mundo, yo también siento que toda mi vida ha estado dirigida hasta este instante, hasta llegar a encontrarme ante todos vosotros para dar el pregón de las fiestas de San Roque, nada más y nada menos. Y bueno, esto aparte, todos sabemos que si lo hago medianamente bien no pasa nada, pero también sabemos que como cometa algún desliz, la fina ironía o directamente la burda socarronería, que por otra parte son marca de la casa en este pueblo nuestro, se encargarán de recordarlo para jolgorio general durante los próximos veinte años. Comprenderéis ahora lo de los nervios y esa cierta responsabilidad. En fin, valor y al toro.

Primero, y desde esta caprichosa posición, quisiera acordarme de muchos hombres y mujeres de esta villa, de todos esos paisanos trabajadores y honestos que han sido un ejemplo para los que les hemos visto tirar para adelante, superando carros y carretas. Dicen que somos un poco cazurros, leoneses al fin y al cabo, parcos en palabras pero nobles en intenciones. Lo que es seguro es que hemos aprendido de nuestros mayores unas cuantas cosas tan aparentemente simples como profundamente importantes para andar por el mundo: valores como la lealtad, la generosidad, la responsabilidad ante nuestras equivocaciones o el amor por la familia, nuestra tierra o el trabajo bien hecho. Y cómo no, también hemos heredado ese fino y bendito sentido del humor al que hacía referencia hace un instante. Siempre he creído que la seriedad goza de un prestigio totalmente inmerecido. Y las mejores historias tamizadas por el humor que uno ha escuchado nunca, hasta partirse de risa, han salido de la boca e ingenio de vosotros, amigos y vecinos. Ya sabéis que este siempre ha sido un pueblo de artistas, y gracias a Dios siempre ha habido cronistas dispuestos a contar las peripecias y hazañas de todos esos figuras que ha dado esta villa.

Todos esos grandes hombres y mujeres que nos han precedido han conseguido que, los que hemos crecido en esta montaña nuestra, podremos perdernos por el mundo adelante, pero teniendo siempre conciencia de lo afortunados que hemos sido por haber tenido una brújula de comportamiento que emular, un simple y pueblerino código moral al que poder regresar. Nos hacemos hombres y mujeres, mejores o peores, pero lo que nunca le podremos reprochar a la vida es el ejemplo que nos han dado nuestros mayores. Un ejemplo que siguen dando día a día todos esos amigos y vecinos que están aquí esta noche y que trabajan para que esta comunidad funcione, ciudadanos que aportan su granito de arena a este engranaje social y que permiten que todos podamos tener una buena vida, ciudadanos decentes que representan al buen vecino, a ese tipo digno y generoso que se asoma a las mañanas con la tierna predisposición de ser un buen hijo, un buen padre, un buen marido o un buen amigo.

Aunque, a ver, un inciso, paremos las máquinas un momento, que no quiero pecar de ñoño, que esto tampoco es Disneylandia, que como en todos los sitios aquí también ha habido, hay y habrá unos cuantos tontos tontísimos. Pero a esos pocos, con no hacerles ni caso, ya estaría.

De los otros, la mayoría, todos esos buenos paisanos y paisanas que habitan esta tierra y cuyo ejemplo de vida nos ha mostrado el camino para andar por el mundo, es de los que me gustaría que nos acordásemos esta noche. Estoy seguro que todos habéis conocido o conocéis a alguno. Cualquiera de ellos podría y merecería estar aquí. Así que gracias de nuevo a todos por haber confiado en cambio en este cronista con cierta suerte y algún diminuto talento para reflexionar sobre un papel en blanco, un poeta de tres al cuarto, pero sin duda uno de los mejores poetas locales que se han podido encontrar a última hora.

Continuará…