Europa se dirige a la 'Kafala'

El tema de la inmigración ha ocupado, y no hay remedio, el centro del debate político en Europa.

Desde las socialdemocracias suecas o danesas, a los más ultramontanos del resto del continente, ya no hay quien se atreva a proponer un mundo sin fronteras, y al primero que se le ocurra repetir aquello del 'Welcome refugees' sabe que le va a caer un chorreo importante, y ahora desde todos los lados del espectro político.

La cuestión es que los países desarrollados, todos, necesitan esa mano de obra abundante y barata para que funcionen sus economías y para que no suban los salarios. Y no es cuestión de ideología: es un hecho.

Así las cosas, las mentes pensantes y conspirantes que asesoran a los políticos andan como locos buscando la solución que permita mantener lo mejor de ambos mundos: una inmigración sostenida, pero controlada, que mantenga el flujo de mano de obra pero no cabree a la población, que parece muy harta de las consecuencias de traer a tu tierra montones de extraños que, además, son pobres.

Los partidarios de la acogida meten cada vez más la cabeza en un hoyo, no sea que la rompan de una pedrada.

Los partidarios de la mano dura se encuentran con que no hay quien cuide a los abuelos ni recoja la fruta, asfalte las carreteras, conduzca los camiones o ponga los ladrillos, y se acojonan, porque ellos no piensan hacerlo.

Y así ha surgido la idea de traer a Europa la Kafala, que es el sistema catarí de trabajadores patrocinados, lo que no deja de ser un eufemismo por esclavos a tiempo parcial.

La idea consiste en que los empresarios ofrezcan, mediante registro electrónico, determinados puestos de trabajo a los que pueden optar los extranjeros por el simple procedimiento de apuntarse online desde sus países de origen. Esos puestos de trabajo tendrán salario, condiciones y duración determinados. Y cuando acaben, el solicitante se vuelve a su casa. Sin posibilidad de quedarse, sin reagrupación familiar, y sin posibilidad, ojo a esto, de cambiar de trabajo una vez que estén aquí. Lo chungo del asunto, entre otras cosas, es que un despido equivale de facto a una expulsión. Si el contrato se extingue, el permiso de residencia se extingue con él, y sólo pueden ser candidatos a venir los ciudadanos de países que te admiten de vuelta cuando lo expulsas. El resto está vetado.

Este modelo, que ya se está desarrollando en Gran Bretaña, es también el preferido por varios partidos políticos italianos, incluido el de Meloni, y parece que también Suecia, con su nuevo gobierno socialista, se mueve en esta dirección.

La cuestión, pues, es la que vengo diciendo desde hace años: la gente no rechaza a los inmigrantes. Lo que rechaza es que tengan derechos. O al menos, cierto tipo de derechos.

O dicho de otro modo: si eres pintor y vienes a pintar mi casa, cuando acabas de pintar, te pago y te vas. Nada de quedarte a vivir en el cuarto de invitados, y menos aún traerte a tus hijos.

Atentos a esta opción, porque parece que lleva todo el camino de imponerse.