El principio del fin

Él y ella comparten silencios, rutinas cotidianas, las mismas caricias gastadas y algún deseo antiguo. Pero también esa tierna certeza de saberse compañeros de viaje que lo explica casi todo, ese tácito plan consistente en envejecer juntos que se parece tanto al otoño pero que es casi lo contrario de la soledad, ese calor perfecto que espanta el vértigo de los días y cabe en el mismo abrazo quieto de siempre, ese amor viejo y sabio como la costumbre de tantas mañanas esperando tantas tardes juntos y de tantas noches regresando a la misma piel. Después de veinte años de matrimonio, nuestra pareja se abandona al futuro que les queda dejándose llevar por esa cómoda inercia que ya no es tan emocionante como antes pero que es mucho más que el frío. Y así transitan inviernos y veranos nuevos que cada vez se parecen más al anterior, primaveras y otoños casi iguales que se suceden uno tras otro con anodina perseverancia, hasta vaciar sus días, hasta que la plácida monotonía de esta pareja de mediana edad estalla en mil pedazos cuando ella, de repente y sobre el tedio de una noche cualquiera, le suelta a su incauto compañero de vida: “¿Nunca has deseado tener la oportunidad de acostarte con otra persona?”.

Por supuesto, la preguntita en cuestión enciende de forma irremisible todas las alarmas de nuestro atónito hombre del traje gris, arrasando de un plumazo su tranquilidad de espíritu y transformándolo en un sofisticado depredador de respuestas, en el más susceptible de los animales de compañía. Cuando la sospecha entra en el corazón ya no hay marcha atrás, la desconfianza comienza a propagarse sobre los días con retorcida e insaciable voracidad y termina devorándolo todo de forma inexorable. La paranoia mental se instala en el cornudo o cornuda y la mentira en el infiel o la infiel. La inocencia se ha roto: comienza el principio del fin.

Y para los amores rotos, los poetas. Benjamín Prado escribió: “Cuando alguien le pregunta qué aprendió en esos años, siempre dice: Es sencillo, la palabra distancia cambia con los kilómetros y la palabra amor con las heridas”.

Y Daniel Benito nos dice: “¿Amor? Seamos serios: los cubos de basura están llenos de medias naranjas exprimidas”.