'En todo hay una grieta y por ella entra la luz', de Patricio Pron
Patricio Pron (Rosario, 1975) es un escritor argentino cuya obra se mueve entre Argentina y Europa (especialmente Alemania, país en el que residió varios años mientras realizaba estudios de filología románica en la Universidad de Göttingen). Esa experiencia de desplazamiento marcó de manera decisiva su literatura, atravesada por la memoria política argentina, las herencias familiares y la reflexión sobre la propia escritura. Se trata de una obra que en conjunto traza un mapa inquieto entre la memoria personal y las fisuras de la historia colectiva, especialmente la argentina, explorando cómo el pasado –dictaduras, silencios familiares, herencias ideológicas– se filtra en el presente con una mezcla de ironía, lucidez y extrañamiento. Desde sus primeras novelas –Formas de morir (1998), Nadadores muertos (2001), Una puta mierda (2007), El comienzo de la primavera (2008)– hasta libros como El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), y La vida interior de las plantas de interior (2013), Pron ha construido en efecto una narrativa que combina reflexión ensayística y pulsión ficcional, con una prosa precisa, a veces fragmentaria, que desconfía de los relatos cerrados y prefiere la duda como método. Su estilo, atravesado por referencias culturales y una mirada crítica sobre la literatura misma, convierte cada texto en una indagación sobre qué significa contar y recordar en tiempos de incertidumbre.
La última novela de Patricio Pron, En todo hay una grieta y por ella entra la luz (2026), confirma algo que ya se intuía en sus libros anteriores: que su proyecto narrativo no consiste en contar historias sino en interrogar los dispositivos que las hacen posibles. Aquí, bajo la apariencia modesta (casi burocrática) de un encargo biográfico que no llega a cumplirse, se despliega una meditación sobre la responsabilidad de la escritura desobediente en un tiempo de imposiciones y prebendas que en realidad son fracturas morales y políticas.
El argumento, si cabe emplear aún esa palabra en la obra de Pron, se organiza en torno a un escritor trasunto del autor que, desde Nueva York, debe redactar la biografía de una figura determinada (Fondane), y que, en lugar de hacerlo, convierte la pesquisa en una deriva reflexiva donde comparecen, con una lógica oblicua pero férrea, nombres y episodios que dibujan el mapa intelectual de nuestro presente. Entre ellos, la figura de Benjamin Fondane –que iba a ser el objeto de su biografía– emerge como una conciencia trágica del siglo XX, poeta y pensador y hasta cineasta francés que llegó tarde a todo, y cuya vida y muerte funcionan como recordatorio de que toda biografía es también un ajuste de cuentas con la historia. La evocación de Fondane aquí no es erudición decorativa: es un espejo en el que el narrador mide la insuficiencia –o la temeridad– de escribir sobre otro.
Junto a esa dimensión intelectual aparece el estruendo del presente, encarnado en la sombra ubicua de Donald Trump, cuya mención en el texto, aunque tangencial, no es meramente coyuntural. Trump representa aquí la cristalización de un discurso que trivializa la verdad y convierte el lenguaje en instrumento de demolición. Frente a esa retórica de la simplificación y el eslogan, la novela propone la complejidad, la nota al pie, la atención reforzada y la digresión razonada como formas de resistencia. Si el poder reduce, la literatura expande.
Preocupación ecológica
No es menor la preocupación ecológica que atraviesa el texto, la conciencia del mundo que desaparece, una inquietud que no se formula en clave panfletaria sino como síntoma de un desajuste profundo entre relato y realidad. El deterioro del planeta, las advertencias científicas, la conciencia de un tiempo que se agota, actúan como telón de fondo que impregna la reflexión del narrador: ¿Qué significa escribir biografías –ordenar una vida, clausurarla en un volumen- cuando lo que está en juego es la continuidad misma de la vida en común? La grieta del título es también la del suelo que pisamos (en esto emparenta intencionalmente esta novela con las de Roberto Bolaño, en quien la literatura es también siempre pesquisa, desplazamiento, búsqueda de una verdad que se resiste a ser clausurada, pero es difícil no advertir también la sombra de Jorge Luis Borges en su concepción del texto como artefacto intelectual, y atisbar la huella de Ricardo Piglia, sobre todo en la intersección entre relato e investigación, en esa convicción de que toda narración esconde una teoría de la lectura y una política del sentido).
En este sentido la estructura pastiche de esta novela tan posmoderna incluye relato, ensayo, crónica y memorias, y, si ya había precedentes contemporáneos en este tipo de estructuras narrativas y en la tematización de la propia imposibilidad de escribir. (Enrique Vila-Matas por ejemplo) lo de Patricio Pron va más allá.
Y en un plano más íntimo, la figura del abuelo materno, otro elemento del argumento de esta novela-puzzle, introduce la dimensión afectiva y memorialística que equilibra la densidad ensayística del libro. Ese abuelo inmigrante que al llegar a su destino deviene chamán, convocado desde la memoria familiar, no es solo un personaje secundario sino el recordatorio de que toda escritura nace de una herencia, de una cadena de relatos transmitidos y deformados (cabría situar aquí la influencia en Pron de W. G. Sebald, particularmente en el modo de entrelazar memoria personal, reflexión histórica y digresión ensayística). La biografía incumplida del encargo resuena así con las biografías implícitas –las que no se escriben pero nos constituyen– que el narrador arrastra consigo. Y, con todo, el escritor en crisis que parece contagiar su obra de su propia crisis y de las crisis que atraviesan el mundo (sobre todo la ecológica) no termina escribiendo sobre la destrucción del mundo sino la desconstrucción del mismo, y ahí está la grieta de esperanza que muestra esta novela.
El uso de las notas a pie de página
Pero el verdadero prodigio de la novela no es epistemológico ni político sino que es estructural de la novela reside en el uso de las notas a pie de página. En manos menos hábiles habrían sido un obstáculo o una coquetería metaliteraria pretenciosa. Aquí son un segundo cauce narrativo que no interrumpe el fluir del relato principal sino que lo multiplica. Las notas no corrigen: redimensionan; complejizan. No se limitan a aportar datos: abren fisuras por las que el sentido se dispersa y se enriquece. El lector comprende pronto que el centro del libro no está en la superficie del texto, sino en esa conversación subterránea entre cuerpo y margen.
En ese gesto formal literariamente ambicioso hay una declaración estética. El escritor protagonista, al incumplir su encargo, no fracasa: desobedece. Y al desobedecer afirma, sin proclamarlo, que escribir hoy –si ha de ser algo más que una mercancía cultural– es sustraerse a la lógica de la eficacia, de la linealidad, del producto terminado. La negativa a entregar la biografía prometida es también la negativa a someter la experiencia a un molde tranquilizador.
Esta novela de título de canción de Leonard Cohen y repleta de frases con vocación de cita literaria dialoga con el resto de la obra de Pron –con su exploración constante de la memoria histórica, de los vínculos familiares, de las zonas ciegas del relato– y la lleva un paso más allá. Si en libros anteriores la investigación y el archivo ya ocupaban un lugar central, aquí el archivo se desborda y se convierte en estructura misma del texto. La grieta no es solo un motivo temático: es un método.
En todo hay una grieta y por ella entra la luz es, pues, una novela que asume el riesgo de pensar. En tiempos de discursos cerrados y opiniones instantáneas, Pron propone la lentitud de la nota al pie, la incomodidad de la duda, la ética de la desobediencia, como una reflexión sobre el tiempo y sobre el sentido de lo humano en un mundo en el que todo está desapareciendo.
Y en esa apuesta –exigente, pero profundamente literaria– encuentra su forma más luminosa.