Las matemáticas venenosas

Santiago Abasca, Carles Puigdemont, Alberto Núñez Feijóo y Pedro Sánchez.

Vamos a contarlo sin rodeos: en Cataluña se dirimen 48 escaños en las elecciones generales. Eso viene a ser como un 15% de todo el Congreso de los Diputados, lo que se parece bastante, aunque no del todo, a su peso demográfico en España, por aquello de que todas las provincias tienen representación aunque su población sea muy baja. Y me parece perfecto, además.

De los 48 escaños catalanes, en las últimas elecciones PP y VOX sacaron 8, y los otros 40 los obtuvieron diversas fuerzas que ahora forman parte de la amalgama que ha otorgado la investidura a Pedro Sánchez. En esa región, el eje izquierda derecha se cruza con el eje independentistas-unionistas y todo es más complicado.

Con estas cifras, se puede presionar para formar una coalición y se pueden forzar muchas cosas en la mesa de negociación. Nada raro. Cosas de la aritmética democrática. La cuestión es que esas cifras siguen ahí, para todo, generando incentivos que a veces no se miran lo bastante de cerca.

A mi entender, hay una cuestión con más recorrido que merece la pena abordar fríamente y que está, objetivamente, en el horizonte de varios de los partidos que apoyaron a Sánchez en su investidura: la posibilidad de un referéndum de autodeterminación y sus consecuencias.

Si la consulta no se autoriza, está claro que Sánchez habrá conseguido desactivar el independentismo, otorgando el perdón a los que promovieron el primer asalto, a cambio de un rédito personal. Bien para todos. Bien para Sánchez, que se comió el chuletón, y bien para la unidad nacional, porque el independentismo se desinfla. Esto, lo miremos como lo miremos, no pasa de ser un tirón de orejas a la sección infantil de la política nacional, que queda así retratada como eso mismo: sección infantil, subordinada, y para más bemoles, vendida a cambio del perdón de papá.

Si, por contra, los independentistas aprietan los tornillos e insisten en la consulta, los socialistas van a echar mano de la calculadora y los demás tenemos también la cuenta delante de las narices: eliminar a los diputados catalanes del Congreso de los Diputados dejaría a la izquierda en paños menores durante muchos, muchísimos años. Porque si Cataluña se independiza, la izquierda pierde 40 escaños y la derecha 8. ¿Cómo se enjuaga esa diferencia? Con mucha vaselina y con muchos pares de rodilleras.

Así las cosas, o no hay consulta, o hay que hacer los malabarismos que sean necesarios para que el resultado sea negativo. Lo contrario significa dejarle el país al PP durante décadas.

Así que, los que leéis esto, ya podéis echar cuentas. A los que viven en Cataluña, puede que les interese dar portazo a esta España que tenemos y probar suerte a solas. Pero a los que seáis de izquierdas y no viváis por allí, más os vale dejaros de chorradas y oponeros con todos vuestros argumentos y vuestras fuerzas a semejante eventualidad, porque de lo contrario vamos a chuparnos gobiernos de derechas hasta que reverdezca el Negrillón.

El PSOE también lo sabe, tranquilos. Y si, como creo, el principal interés de todos los políticos está primero en su culo, luego en su silla, y por último en el terreno sobre el que su silla se apoya, no se lanzarán ni de coña, ni de broma, a semejante suicidio ritual.

Pero claro... siempre hay quién aún cree en eso de los ideales...

Esos que piensan que los escultores y los pintores sacaban de su imaginación el éxtasis religioso de las monjas...

A esos hay que regalarles una piruleta y desearles buena suerte.

Javier Pérez es escritor. Ganó el premio Azorín en 2006 y acaba de publicar su último libro: La libertad huyendo del pueblo. Se puede seguir su trayectoria y conocer su profusa obra, premiada en varias ocasiones más, en su página web: www.javier-perez.es.

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