Espías al servicio de Gran Bretaña, por una alternativa española a Normandía

Una alternativa al desembarco de Normandía en España

Efe

La embajada británica en Madrid creó en 1942 una red de espionaje cuya misión era informar de puertos y playas del norte de España, con el propósito de encontrar un lugar idóneo para un desembarco de tropas aliadas en el continente, como el que finalmente se produjo en Normandía el 6 de junio de 1944.

Esa es la tesis a la que ha llegado la Asociación de Estudios sobre la Represión en León (Aerle) tras analizar la documentación del proceso judicial al que fueron sometidos los agentes de la red y que ha sido sintetizada en el libro 'Una alternativa al desembarco de Normandía. La trama de espionaje organizada por la embajada inglesa', editado por Lobo Sapiens y publicado recientemente.

El trabajo concluye que las “serias dudas” de los aliados para desembarcar en las costas francesas por la “fuerte presencia” de tropas alemanas incitaron al Gobierno británico a buscar otros puntos para tener en la reserva, como Noruega y también España.

La mayor parte del material estudiado procede del Archivo Militar Intermedio de El Ferrol, según señala la periodista y coautora de la obra Tania López Alonso, quien en una entrevista con Efe ha repasado la vida algo novelesca del líder de la red, Lorenzo Sanmiguel, cuya muerte, el 20 de octubre de 1943, desbarató la operación.

Sanmiguel, izquierdista, prófugo, mujeriego, embaucador y, en definitiva, “un superviviente”, tal y como lo describe López Alonso, entró en contacto con la embajada británica en Bilbao en 1942, año en el que cambió su nombre por Juan Martínez y formó una red que llegó a tener más de 50 personas y cuyo centro operativo fijó en León.

Antes había huido de la cárcel acusado de sedición por repartir propaganda subversiva durante el servicio militar, se travistió para evitar a la policía, intentó llegar a Gibraltar, ofreció sus servicios como informante en las embajadas de Gran Bretaña, Cuba y México en Lisboa, y acabó recalando en Bilbao, donde se estableció como gerente de la empresa de transportes “La vasco-riojana”, que usó para distribuir información.

Reuniones en León

Sanmiguel y su contacto, Pedro Cotinelli, se entrevistaban en León dos veces al mes -apunta López Alonso-. En esas reuniones Cotinelli pagaba y recogía los datos que la red recopilaba sobre sistemas militares defensivos, producción y distribución de armamento, astilleros, barcos, puertos y playas, desde Galicia hasta el País Vasco.

Así fue durante meses hasta que la policía del régimen tuvo conocimiento de lo que ocurría. A partir de los testimonios de los procesados, López Alonso sugiere la posibilidad de que fuera un compañero o una de las mujeres con las que Sanmiguel mantenía relaciones, alguna incluso formaba parte de la red, quien le delatara.

La policía se presentó en su casa, donde le encontraron con una pistola en la mano y no dudaron en abatirle a tiros. En el registro encontraron una agenda con un listado de los agentes y gran número de documentación que le comprometía.

En el proceso, en el que los integrantes de la red fueron acusados por la fiscalía de querer destruir el régimen “dotados de un odio satánico hacia los gloriosos principios” que lo constituían, doce de los 56 inculpados fueron absueltos, cuarenta recibieron penas de cárcel y cuatro fueron sentenciados a muerte.

La mano derecha de Sanmiguel, Ángel Monge, consiguió huir de España; tampoco puso ser procesado Pedro Cotinelli.

A pesar de todo, tras la muerte de Sanmiguel y la disolución de la red, subraya el libro en su epílogo, su “impronta” no quedó en el olvido, ya que sus “tejemanejes con varias mujeres hicieron que dejara, al menos, un descendiente”. “Tanto es así -finaliza- que a día de hoy siguen apareciendo flores en su tumba”.

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