El rastro de un año de pandemia: la hiperinmunidad de Fulgencio, la recaída de Antonio y la reinfección de Isabel

De izquierda a derecha, Isabel Bajo, Fulgencio Bandera y Antonio Arias, distintos casos de afectados por coronavirus.

César Fernández

Isabel Bajo se contagió de la covid-19 en plena primera ola. Fue un golpe duro tras encarar la pandemia con miedo fundamentalmente por sus padres. Su padre falleció, su madre estuvo crítica y ella permaneció quince días ingresada en León. El virus llegó tan de sopetón que no había respiradores suficientes, lo que agravó la angustia cuando apenas se sabía cómo atajar la enfermedad. Le dieron el alta todavía con una PCR positiva que tardó en negativizar. En enero su marido enfermó y ella se reinfectó. Su caso es muy excepcional. Por esas fechas apenas se contaban con los dedos de las manos los pacientes que habían pasado por más de un contagio en España.

Fulgencio Bandera se contagió de la covid-19 en la antesala de la segunda ola. Había vivido la primera tan “obsesionado” por la enfermedad que hasta se hizo una PCR, con resultado negativo. Por San Froilán su mujer tuvo síntomas de fiebre y cansancio en Pedrún (Garrafe de Torío). Ella dio positivo y él volvió a dar negativo. Los dos pasaron a continuación una prueba serológica. La suya determinó que posee un nivel de anticuerpos (lo que delata que tuvo el virus aunque sin síntomas) tan elevado que es hiperinmune. “¿Y eso qué significa?”, le preguntó al médico. La respuesta puede resumirse en una frase: ni contagia ni le pueden contagiar. Pero hay más. Su plasma ayuda a superar la enfermedad a pacientes en fases iniciales. Aunque más habitual que el de Isabel, su caso también resulta una excepción.

Antonio Arias se contagió de la covid-19 en la tercera ola. Diagnosticado de EPOC (Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica) con tendencia a desarrollar un enfisema, fue consciente desde el primer minuto de la pandemia de que era lo que se ha denominado un 'paciente de riesgo'. “Me cuidé mucho”, dice para explicar cómo renunciaba a tomar café si no veía las condiciones adecuadas en el bar. Un día de mediados de enero salió de casa a comprar y regresó con la sensación de haber cogido frío. El viernes 19 de enero llamó a su médica, que se plantó en su casa con un volante para ingresar en el Hospital El Bierzo. El 3 de febrero recibió el alta. Hasta que un día se asustó al ver sangre en sus heces. Tuvo que volver al centro sanitario. La PCR fue negativa, pero otras pruebas delataron que había sufrido dos trombos en un pulmón, efecto posiblemente de una recaída. Su caso, el de un paciente afectado por secuelas, sí resulta relativamente habitual.

Isabel Bajo vivió la primera ola aterrada. Pensaba, sobre todo, en mis padres, confiesa. Su padre murió, su madre estuvo crítica y ella pasó quince días ingresada. En enero su marido enfermó y ella se reinfectó. Se cuentan con los dedos de las manos casos como el suyo

Isabel, Fulgencio y Antonio son la prueba de que la covid-19 produce efectos muy diferentes en cada organismo. Y sus casos también sirven para ilustrar los avances en el tratamiento de la pandemia. La primera, que durante su ingreso vivió un primer período de mejoría que luego derivó en recaída, sufrió en sus carnes la falta de medios de una crisis sanitaria que también cogió al sistema con las defensas bajas racionando los respiradores. El segundo es en sí mismo un 'remedio' contra la enfermedad: con unos niveles de anticuerpos IgG de 2,74 (por encima del 1,1 ya se es considerado hiperinmune), dona sangre cada vez que lo requiere el sistema con la idea de que el plasma de personas de sus características produce mejoras en hasta tres de cada cuatro pacientes en el primer estadio de la enfermedad. El tercero, que pasó el primer ingreso en la planta covid y el segundo en Neumología, sólo tiene palabras de agradecimiento para los profesionales sanitarios.

La preocupación del primer momento

Los tres confiesan haber vivido la pandemia con preocupación desde el primer día. “Yo en marzo estaba aterrada, como toda España”, confiesa Isabel Bajo. “Pensaba, sobre todo en mis padres, por su edad”, añade desde la perspectiva de una mujer de 60 años. Aunque ellos no salían a la calle, el virus sí entró en su casa de Boñar. Su padre enfermó. Todavía sin diagnosticar, ella acudió en su ayuda y acabó contagiada. “Yo vi desde el principio cómo se estaba desbordando la situación. Y cogí miedo. Era todo psicológico”, admite Fulgencio Bandera, que fue tranquilizándose tras aquella primera PCR negativa y tras poder aliviar el confinamiento dada su condición de pedáneo de Pedrún. Haciendo cálculos, por descarte, tuvo que contagiarse en septiembre. Sin haberse enterado de que fue paciente, ahora este leonés de 61 años es hasta 'analgésico'. “Yo ya el primer día les dije a mis hijos que iba a cuidarme porque era una persona de riesgo”, recuerda Antonio Arias. A su edad, 77 años, se une en el caso de este berciano una patología respiratoria que lo exponía más a padecer complicaciones.

Fulgencio Bandera atravesó un bache psicológico durante las primeras semanas. El 27 de octubre le dijeron que era hiperinmune. Me cambió la vida, dice ahora que puede socializar con más confianza. Tiene un nivel de anticuerpos tan elevado que su plasma puede servir para curar a pacientes en la primera fase de la enfermedad

Isabel sufrió en su primer contagio tos, fiebre, dolor muscular intenso. “Y me ahogaba. Fue una travesía por el desierto”, ilustra. Perdió el olfato y el gusto. Superó la enfermedad, por lo que teóricamente era inmune. “Aun así, tomé precauciones”, advierte. El virus volvió a entrar en su cuerpo, que ya reaccionó de forma diferente. La segunda vez padeció dolor muscular y de cabeza, pero no tuvo más síntomas. “Fue un caso leve. Yo ahí estaba más preocupada por mi marido”, apunta. Tras superar de nuevo la enfermedad tomando paracetamol, pasó por las manos de una viróloga y le realizaron una analítica de sangre tras cesar los síntomas y pasar por otro aislamiento hasta que su marido dio negativo.

Fulgencio recibió el 27 de octubre una noticia que dio un giro de 180 grados a aquella preocupación inicial. Fue el día en que le comunicaron que era hiperinmune. “Me cambió la vida. Tengo mucha más tranquilidad. Yo sigo tomando las mismas medidas de precaución”, dice admitiendo que puede socializar sin pensar en las consecuencias cuando entra en contacto con familiares y amigos, a los que también nota “más relajados” ante su presencia. No se escapa de las bromas. “Algunos amigos me dicen si les puedo donar un litro de plasma”, sonríe tras la mascarilla. Su caso trascendió a los medios de comunicación y pudo hacer de efecto espejo. No se lo pensó dos veces cuando le dijeron que su plasma podía curar. Al principio donaba sangre cada tres semanas; ahora cuando le llaman. Son apenas 40 minutos. “Me hacen un filtrado y no pierdo anticuerpos”, dice (hace dos lunes siguió dando 2,74 de IgG). Además de inyectarlo a pacientes, el plasma podría servir para generar un medicamento contra el coronavirus.

Con 77 años y Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica, Antonio Arias sabía desde el primer momento que era una persona de riesgo. Ingresó la primera vez en la planta covid tras dar positivo. Y otra segunda vez tras dos trombos en un pulmón. Todos los que me atendieron han estado de 10, agradece

Antonio llevaba unos días con fiebre cuando llamó a su médica de cabecera, que aceleró el primer ingreso en el Hospital El Bierzo. Lo que más ha notado en las dos ocasiones en que ha estado ingresado ha sido cansancio. Combatió la enfermedad y la recaída con paracetamol y algunos de esos inhaladores como el salbutamol que dan positivo en los controles antidoping de los ciclistas, sonríe quien llegó en 1963 a estar a punto de participar con la selección española en los Juegos del Mediterráneo antes de una retirada prematura. Fue luego soldador. Y de los electrodos de soldar haciendo durante años reparaciones de caldera le viene una EPOC que, ante estas circunstancias, pudo hacer la enfermedad tan dura como un puerto de alta montaña. Él, que cree que aquella experiencia deportiva le sirvió para afrontar la convalecencia con una dosis extra de tranquilidad y resistencia a la adversidad, le pondría el maillot amarillo a los sanitarios que lo atendieron. “Todos han estado de diez”, agradece.

Ahora, un año después del comienzo de la pandemia, las portadas ya no son tanto para los casos como para las vacunas. Isabel Bajo dice no estar preocupada por ello. “Si tenemos anticuerpos, creo que nosotros deberíamos vacunarnos más tarde por solidaridad. Lo importante es atajar la pandemia”, sentencia. Fulgencio Bandera, que echa en falta más información sobre el nivel de anticuerpos para incrementar el número de donantes y que cita la circunstancia de que ninguno de los nueve hermanos de su familia se haya contagiado, cree que los hiperinmunes serán los últimos de la fila y precisarán de una sola dosis. “Y si mantengo los anticuerpos, es posible que ni me vacunen”, añade. Y Antonio Arias, que confiesa que incluso llegó a sobreponerse de afrontar la enfermedad en soledad en el hospital hasta pasarlo “bien dentro de lo que cabe”, todavía no sabe si pronto deberá ser vacunado, el siguiente hito en la lucha contra un virus tan escurridizo como diversas son sus consecuencias.

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